sábado, 16 de marzo de 2013

Decisiones impensables©


Decisiones impensables

En mil seiscientos cincuenta y cinco, España era una tierra en la que no era nada fácil la vida para la clase más baja de la sociedad.

Serena pertenecía a esa clase social. Vivía a las afueras de la villa, en una pequeña cabaña, y era alquimista; se dedicaba a hacer pociones para la cura de diversos males.

Serena estaba investigando acerca de la panacea, una poción que sería capaz de curar cualquier enfermedad.

Debía trabajar en secreto, esos actos eran considerados brujería. Si la descubrían, la guardia, actuando en nombre del santo oficio, la desmembrarían o la llevarían a la hoguera.

Serena no trabajaba sola en ese proyecto, la ayudaba otro alquimista llamado Sancho que vivía en la villa, y trabajaba de barbero.

Serena y Sancho estaban muy cerca de conseguir esa milagrosa mezcla.

Para poder alimentarse, Serena también trabajaba cosiendo para un marqués que poseía un palacio no muy lejos de su cabaña, y en ocasiones hacía algunas pociones reconstituyentes, o algún remedio para los más conocidos. Nadie que no fuera de plena confianza debía enterarse de lo que hacía en el sótano secreto de su cabaña. Todos esos tónicos y remedios eran ilegales, y si la cogían haciendo mezclas extrañas, o vendiendo sus productos, seguro no dudarían en denunciarla por brujería.

Esa mañana, como todas, Serena se dirigía al palacio del marqués para remendar algunos vestidos de la señora marquesa, la cual sólo se preocupaba de sus vestidos, sus relaciones sociales, y de evitar que el sol le quemara su blanquecina piel.

Cuando llevaba cinco minutos de camino, tuvo que apartarse del camino para no ser arrollada por un carruaje que marchaba a toda prisa.

Cuando el carruaje pasó frente a Serena, esta se percató de que en el interior se encontraba Sancho, su compañero de alquimia. Eso le resultó bastante extraño. ¿Qué haría Sancho montado en un carruaje tan señorial?

Continuó su camino a Palacio algo nerviosa, y pensando en lo que podría haber ocurrido…temía que hubiera sido descubierto, y como consecuencia, que la descubrieran a ella.

Tras unos diez minutos más caminando, llegó al palacio. Cuál fue su asombro al ver el carruaje en el que iba Sancho, se encontraba frente a la puerta principal de palacio. Serena se empezó a preguntar qué hacía ahí, si lo habrían detenido, y de ser así, ¿Por qué lo traerían aquí? Serena no entendía nada.

Entró al palacio por la puerta de la servidumbre, la cual daba a la cocina.

Allí saludó a sus compañeras, y se puso a sus labores…pero sin dejar de pensar en el carruaje y en Sancho…todo era demasiado raro.

La criada de confianza de la marquesa bajó a la cocina, y dirigiéndose a Serena dijo:

-Serena, el marques quiere verte de inmediato en sus aposentos.

-Sí, ¿Para qué me necesita?

-Eso no es de nuestra incumbencia, te ha mandado llamar, tú ve.

Serena dejó el vestido de la señora, y subió las escaleras que daban a palacio.

Caminando por los largos y adornados pasillos de palacio, se preguntaba para qué la necesitaba el marqués, él nunca precisó de sus labores, siempre era la marquesa quien se encargaba de mandarla en sus tareas; cuando llegó a la puerta, llamó dos veces y dijo:

-¿Da su permiso mi señor?

-Sí, entra.

Serena entró, y vio al marqués sentado en su majestuosa silla mientras bebía una copa de vino.

-¿En qué puedo servirle mi señor?

-Necesito que arregles esta ropa que es de un invitado.

-Sí, ahora mismo mi señor.

Al recoger la ropa, Serena la reconoció al instante…era la ropa de Sancho. Esto descolocó aún más a Serena, que se preguntaba por qué Sancho estaba invitado por el marqués. Serena salió de la alcoba del marqués, y bajó a la cocina a coser la ropa de Sancho.

Mientras la joven alquimista remendaba las costuras de las harapientas ropas de Sancho, pensó que quizá Sancho la había traicionado, y por eso está aquí, porque sabía que vendría a trabajar a palacio. Lo que Serena no llegaba a comprender es, por qué no la detenían si eso era así. Con tanta vuelta a la cabeza terminó el mandado del marqués.

Serena se levantó y miró a su alrededor para ver si estaba la criada de confianza de la marquesa, para decirle que terminó de coser la ropa. No la vio y decidió subir a llevarlas ella misma.

Mientras pasaba frente a una de las alcobas de invitados, le pareció escuchar a Sancho hablar. Se acercó a la puerta y miró por el ojo de la cerradura para descubrir que efectivamente, Sancho estaba en el interior junto a un fraile que parecía bastante joven por su estatura. Sin dudarlo, abrió la puerta y entró en la alcoba de invitados. Sancho se giró, y con cara de asombro exclamó:

-¡Serena!

-¿Te sorprende verme? ¿Qué haces aquí?

El monje, sorprendido también, agarró una daga que llevaba guardada en su manga, miró a Sancho y le dijo:

-¿Quién es ella?

-Es mi compañera, trabajamos juntos en esto.

-Esto no es lo que habíamos acordado.

-Yo no sabía que vendría.

Serena le tiró la ropa a Sancho y dijo:

-Parad, qué está pasando aquí. ¡Habla Sancho!

-Vale, vale. Él es el fraile Jonás, y nos puede ayudar.

-¿Le has contado lo de la investigación? –le preguntó Serena a Sancho –

-Sí, pero puede ayudarnos.

-¡Estás loco! Nos puede denunciar. Cómo te has atrevido, y sin consultármelo.
-No te he dicho nada, ni te he nombrado para protegerte en caso de que la cosa no saliera bien. Jonás, no te preocupes, ella es de total confianza, la mayor parte de la investigación la ha llevado ella adelante.

El fraile Jonás guardó la daga, y asintiendo dijo:

-Bien, entiendo.

-Aclarado todo – dijo Sancho – sigamos con la conversación que nos ha traído aquí.

-Todo no – añadió Serena – ¿Por qué estáis en este palacio?

-A eso te puedo responder yo – dijo el fraile Jonás – El señor marqués es amigo de mi familia, y siempre hemos tenido buena confianza. Necesitábamos un lugar seguro para hablar de la poción de panacea, y le pedí el favor al señor marqués de que me prestara un lugar en el que tener una reunión privada. Él accedió encantado. Al ver las ropas de Sancho tan deterioradas, se ofreció a que una de las costureras de palacio lo arreglase.

-Vale, ahora si me queda todo más claro. Sólo me queda saber por qué debemos confiar en un fraile, perteneciente a la iglesia que ha segado la vida de tantos inocentes.

-Mi padre está muy enfermo – dijo el fraile Jonás – padece una enfermedad muy rara. Ningún médico sabe qué hacer, y lo tratan los mejores que hay. Ya no sé qué hacer, y si hay alguna posibilidad de curarlo, lo intentaré.

-Vale, pero aún no tenemos la panacea, estamos cerca, pero no sabemos qué efectos secundarios podría tener, podrían ser desastrosos.

-No me importa, si no hago algo, morirá pronto. Pero nadie puede enterarse, en mi familia no permitirían ninguna de estas prácticas.

-¿Qué opinas Serena? – preguntó Sancho - ¿Intentamos hacer la poción con lo que sabemos?

-Si él está de acuerdo no veo por qué no.

-Debemos salir de aquí – dijo Sancho - ¿Dónde la prepararemos?

-En mi casa será lo más seguro – respondió Serena – pero yo no puedo salir de aquí aún.

-Nosotros prepararemos todo – dijo Sancho – nos veremos en tu casa en unas horas.

Serena salió de la alcoba de invitados, y bajó a la cocina a terminar sus labores lo más rápido posible. Despejadas todas sus dudas, ahora sólo le quedaba pensar en la fabricación de esa difícil mezcla. Según la teoría e investigaciones que siguieron Serena y Sancho, la panacea sería el primer paso para conseguir el elixir de la vida eterna, y muchos querrían conseguir tal elixir.

En cuanto terminó su faena, Serena puso rumbo a su pequeña cabaña. Ya había comenzado a oscurecer, pero decidió pararse por el camino a recoger unas hierbas que necesitaría. Se apartó del camino adentrándose en el bosque, y mientras recogía las hierbas, escuchó a alguien cerca; se escondió entre los matorrales y observó.

Vio un grupo de frailes caminando lentamente y escoltando a una pareja de mediana edad. Serena los conocía, no hace mucho tiempo atrás les preparo un remedio para aumentar su fertilidad.

Los frailes llevaron a la pareja a un claro que estaba a unos quince metros de Serena. Serena afinó el oído para tratar de escuchar lo que decían.

-Habéis tenido trato con brujas – dijo uno de los frailes – habéis hecho uso de sus demoníacos métodos, y por ello, debéis ser castigados.

-No – dijo la mujer – piedad. Por Dios, sólo queríamos tener un hijo.

-¿Ahora te acuerdas de Dios? Si Él no te lo ha proporcionado, es su deseo y no debes alterarlo. Sabemos quién es la bruja, y acabaremos con ella y con todos los que han tenido trato con ella, empezando por vosotros.

El fraile sacó un puñal, lo alzó con las dos manos, y mientras los demás recitaban unos cánticos en latín, asestó una puñalada al hombre en el corazón, y a continuación agarró a la mujer y la degolló.

Serena estaba horrorizada por lo que estaba viendo, acababan de quitarles la vida por solo tomar ese tónico para la fertilidad. Además dijeron que sabían quién era la bruja, y ella sabía perfectamente que se referían a ella, ya que fue quien les proporciono el tónico. Enmudecida y paralizada de temor, esperó a que se marcharan, y salió de allí corriendo en dirección a su cabaña.

Corriendo, temía encontrarse con algún guardia, o que ya la estuviesen esperando. Ya no le importaba la panacea ni sus investigaciones, sólo le importaba su vida.

Cuando llegó a su cabaña, Sancho y Jonás ya la estaban esperando.

-¡Ya era hora! – exclamó Sancho – llevamos un buen rato esperando.

-Sí – añadió Jonás – no tenemos tiempo que perder.

Serena pensó si contarles lo ocurrido en el bosque, pero decidió que no, ya no confiaba en nadie.

-Me entretuve un poco más de lo debido. Comencemos. Voy por unas cosas al sótano.

Serena bajó al sótano, y cogió unos pequeños botes de cristal rellenos de un líquido transparente. Al subir, ya no había nadie. Salió fuera, y un escalofrío recorrió su espalda al ver al grupo de frailes frente a su puerta.

-Serena – dijo el fraile principal – quedas detenida en nombre del santo oficio por los actos de brujería y herejía.

El grupo de frailes se le echó encima, y sin darle oportunidad de movimiento, la ataron de pies y manos.

-Soltadme – gritaba continuamente Serena – solo ayudo a la gente con las hierbas.

-¡Calla, hija del diablo! Recibirás tu merecido en nombre de Dios. Amordazarla.

Le introdujeron un trapo en la boca, y siguieron transportándola montados a caballo a través del bosque por unos pequeños senderos.

Serena pensó que todo fue una trampa por parte de Jonás, y posiblemente de Sancho. Tras un largo recorrido, llegaron a una zona del bosque por la que nunca había pasado antes. A lo lejos divisaba una pequeña capilla rodeada por cientos de escalofriantes pinos en los que se podía diferenciar esqueletos y cadáveres clavados en ellos; era demasiado tétrico.

-¡Observa! – le gritó uno de los frailes – ahí acabarás tú, junto a esas malnacidas.

El temor que recorría el cuerpo de Serena no lo había sentido jamás, y el hedor que desprendían el centenar de cuerpos no ayudaba a calmarla precisamente.

La llevaron frente a la capilla, y la desataron para atarle una cuerda a cada mano y pie. Serena ya sabía cuál sería su destino, estaban preparándola para desmembrarla. Cada una de las cuerdas se ató a la montura de un caballo, y cuando estaba a punto de comenzar a tirar, Sancho y Jonás salieron de la capilla, armados con una pistola y una espada, cada uno disparó a un fraile de los que montaban los caballos y tiraron la pistola. Jonás se montó en uno de los caballos, y Sancho cortó las cuerdas que ataban a Serena.

-¡Montad! – gritó Jonás –

Serena montó en uno de los caballos, y cuando Sancho fue a montar en otro, una bala le atravesó el corazón.

-¡No, Sancho! – exclamó Serena –

-Vamos – dijo Jonás – no tenemos tiempo, cabalga.

Salieron a toda velocidad dejando atrás la capilla y el lúgubre entorno que le rodeaba; cuando ya estaban alejados pararon a descansar.

-¿Qué ha pasado? – preguntó Serena –

-Cuando bajaste al sótano, entraron unos frailes y nos llevaron a la capilla. No los conozco de nada, créeme.

-He visto la muerte muy de cerca…y Sancho…el ya no lo podrá contar.

-Dentro de la capilla hay unos túneles subterráneos, en ellos una celdas llenas de personas a las que van a sacrificar. No podemos dejar que lo hagan.

-Pero si vamos, nos matarán.

-No si vamos sigilosamente, no hay muchos frailes.

Serena se lo pensó, y no quería que tarde o temprano la volviesen a coger, además no podía dejar allí a tanta gente morir sin motivo.

-Vale, iremos.

Partieron de nuevo hacia la capilla, pero esta vez dejaron los caballos antes de llegar al macabro pinar. Avanzaron con cuidado hasta la parte trasera de la capilla, y con la daga de Jonás, acuchilló a un fraile que hacía guardia en la puerta.

-Toma, coge su daga – dijo Jonás –

Bajaron poco a poco por los pasadizos, parando en cada esquina, y observando tras ellas que no hubiera nadie.

Poco a poco fueron avanzando por los pasadizos hasta llegar a una zona más abierta llena de celdas con pobres inocentes en su interior. También había algunos frailes haciendo guardia.

-¿Qué hacemos, se te ocurre algo? – preguntó Jonás –

-Sí, intentemos atraerlos con algún ruido, y cuando estén a nuestro alcance, los eliminaremos lo más rápido posible.

Se pusieron tras unos pilares, y dieron unos pequeños golpecitos. El par de guardias que custodiaban las celdas se acercaron y, con toda la valentía que tenían, salieron y los hicieron frente clavándoles las dagas lo más fuerte que pudieron.

Rápidamente cogieron las llaves y liberaron a todos.

-Gracias, gracias – les decían todos los detenidos –

-No es nada – dijo Jonás – Ahora salgamos de aquí, si vemos a alguien, a por él, somos muchos y no nos podrán detener. Intentad armaos con alguna piedra o palo. Cuando estuvieron preparados, salieron hacia la entrada de la capilla.

Por el camino se toparon con algunos frailes más que eliminaron sin problema, pero al salir, se encontraron con una docena de estos armados con puñales y pistolas.

-¿Y ahora qué hacemos? Son muchos – dijo uno de los hombres a los que acaban de salvar –

-No nos queda otra que hacerles frente – respondió Serena - Muchos caerán, pero igualmente si no lo intentamos, jamás lo conseguiremos, y moriremos todos.

-Armaos de valor, y a por ellos – concluyó Jonás –

Avanzaron gritando hacia los frailes que descargaron una tanda de disparos que acabaron con muchos de ellos. Los detenidos que quedaron en pie, siguieron con más fuerza hacia los frailes a los que apedrearon y apalearon duramente en una refriega sin piedad. Tras la sangrienta pelea, huyeron de allí a toda prisa.

Por el camino, los pocos que quedaron, entre ellos Serena y Jonás, hablaron de que debían hacer. No podían quedarse por ahí, así que decidieron dispersarse y abandonar la villa y sus alrededores.

-No podemos marcharnos así – le dijo Jonás a Serena – mi padre está moribundo, y no puedo dejarlo así.

-No podemos quedarnos, nos encontrarán, y nos matarán. A veces hay situaciones que parecen insuperables, pero siempre hay que estar preparado, porque pueden venir otras aún mayores, y debemos tomar la decisión correcta para sobrevivir, por muy desagradable que parezca. Estoy segura de que tu padre preferiría verte vivir que morir por alargarle la vida un poco más, y sin ninguna seguridad, porque nunca podría intentar hacer la panacea sin los conocimientos que aportaba Sancho. Este es el fin…sólo nos queda sobrevivir.

Serena y Jonás se marcharían juntos, por desgracia para ellos, debían abandonar lo que en principio les unió, crear la panacea para curar todos los males, y salvar la vida de un padre moribundo.

R.R.Almeida