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miércoles, 4 de febrero de 2026
viernes, 25 de septiembre de 2015
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miércoles, 22 de octubre de 2014
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viernes, 22 de agosto de 2014
Los niños muertos ya no lloran ©
Los niños muertos ya no lloran ©
Por R.R.Almeida
Las guerras son así ¿Verdad?
los niños lloran
mientras las bombas destruyen su hogar,
pero al poco tiempo ya no lloran más,
los niños muertos ya no lloran,
ni ríen, ni crecerán, les han robado su vida
por culpa de una guerra
en la que no han elegido entrar.
Sentados en sus despachos
los mandatarios jamás entenderán
el horror que sufren esos niños
que no volverán a llorar.
Arriba mandando y sin sufrir
mientras miles de niños mueren sin reír,
esos llantos ya no volverán a molestar,
porque los niños muertos ya no lloran.
Por favor, parad ya,
quiero escuchar a esos niños llorar.
Imaginad a vuestros hijos ahí,
recibiendo golpes y dolor,
quitándoles el derecho a reír
y obligándoles a llorar...
...pronto ya no podrán vivir,
sus llantos y lloros ya no volverán,
junto a su corta vida, que les acaban de cortar.
Los niños muertos ya no lloran, y jamás volverán.
jueves, 19 de junio de 2014
Si crees que puedes, puedes © (Primer capítulo)
Si crees que puedes, puedes © (Primer capítulo)
Ya que está puesta a la venta, aquí pongo el primer capítulo para que lo podáis leer y disfrutar.
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Capítulo I: ¿Podré salir de aquí?
No sé cómo acabé aquí, en este
fétido y oscuro barrio de yonquis.
Probablemente el haber consumido
cocaína sin discreción ha ayudado a llegar a esta situación. Con dieciocho años
y no pudiendo pasar un maldito día sin consumir ese oscuro pero blanco polvo.
Me desperté bastante temprano en
la chabola en la que vivo, la cual era de un colega. La mañana era calurosa, y
más metido en un cuchitril como es la chabola.
Salí a la calle y, como no tenía
ni siquiera un cigarro para fumarme, decidí ir al centro de la ciudad…para
robar dinero, o cualquier cosa que pudiera cambiar por coca.
Todos los días parecían igual,
robar, consumir, robar, consumir. Esa monotonía era insoportable, parecía una
enfermedad crónica, nunca acababa, era una historia interminable…pero es lo que
me he labrado por entra en este lúgubre mundo.
Fui andando hasta el centro de la
ciudad, observando a la gente, buscando alguna persona débil y descuidada. Me
fijé en una anciana que caminaba unos metros delante de mí. La fui siguiendo
hasta que no había nadie más, y corrí hacia ella; agarré el bolso y de un tirón
se lo quité. Continué corriendo como si me persiguiera una jauría de perros,
mientras la anciana caía al suelo y pedía ayuda; no sentí el más mínimo
remordimiento, sólo me importaba que el bolso contuviera algunos euros. Cuando
ya estaba lejos y solo, abrí el bolso y lo registré…sólo tenía cincuenta euros
y algo de calderilla; tiré el bolso en un contenedor y compré tabaco en un bar
cercano. Me fumé un par de cigarros de camino al barrio, y una vez allí, compré
un gramo de coca.
Estaba nervioso por las ganas de
fumar ese amargo y blanco polvo…y aún lo tenía que cocinar para transformarlo
en cocaína base. Me apresuré por llegar a mi chabola, y al entrar me senté en
mi sofá, cogí una cuchara, volqué medio gramo en ella, y le añadí un poco de
amoníaco y algo de agua. El pulso me temblaba y temía que se me cayera todo.
Calenté la cuchara con un mechero hasta que pasó de ser cocaína cruda a ser
base.
Con la ayuda de una servilleta de
papel fui quitando el líquido que quedaba, y con otra sequé la blanca pasta. La
piqué con una navaja y puse un poco en mi botella…cada vez temblaba más, sudaba
y parecía que algún ser recorría mi cuerpo. Fumé de la botella y aquel maligno
humo me calmó…aunque mi cuerpo sólo pedía que volviera a repetir. En el fondo sabía que me estaba matando de
una forma muy dolorosa y exasperante…aun así, el control al que me sometía esa
amarga amante, inhibía todo intento de dejarlo. Fumé una vez más y me quedé
tumbado en la cama un par de minutos. Cuando abrí los ojos, estaba un conocido
del barrio, y por su cara apostaría que hoy aún no fumó nada.
-Tío- me dijo- invítame a una calada, tengo un mono que me
come por dentro.
Pensé en invitarle a una, alguna
vez también me invitó…aunque más tarde probablemente me arrepentiré. Le dije
que se sentara, y saqué otra botella, le eché un poco a él y yo también me
cargué la mía. Nos la fumamos, pero él no parecía estar complacido, y yo no
pensaba invitarle ni a una más.
-Venga tío- me dijo- invítame a
otra más.
-¡No!- le grité- sal y búscate
algo de pasta. Yo ya cogí un bolso, y me queda poco.
Él me agarro…el mono ya le estaba
haciendo perder la cabeza, y como había visto antes, podía crear peleas en
personas que se apreciaban mutuamente. Yo agarré su mano, la quité de mi brazo,
y mirándole a los ojos le dije:
-Como me vuelvas a tocar, te
comes el cenicero.
Si algo aprendí en los meses que
llevo aquí, es que con el tipo de personas que vivimos esta vida, la confianza
y la amistad pueden dar un giro de trescientos sesenta grados, y no se podía
ceder lo más mínimo.
Se me encaró, agarré el cenicero
de cristal que tenía a mano, y lo reventé contra su boca. Creo que le rompí
algún diente…el cenicero se destrozó en mi mano, que sangraba bastante…aunque
no tanto como su boca. No paraba de gritar, el muy cabrón.
-Te avisé- le dije mientras le
pegaba un empujón para sacarlo de mi chabola- lárgate y no vuelvas.
Se fue corriendo y tapándose la
boca…yo sabía que volvería, aquí la venganza es parte del almuerzo de cada día.
Me fumé lo que me quedaba de base, que era apenas una calada, y salí a comprar
un bocadillo. Después de gastarme lo que me quedaba en el bocata, volví a estar
sin blanca…aunque aún me quedaba medio gramo.
Me comí el bocadillo de
mortadela, y volví a mi chabola a fumarme el medio gramo que tenía guardado en
el dobladillo inferior de la camiseta; lo guardo ahí siempre por si me para la
policía…ahí nunca me lo encontraron. Entré en mi chabola, y repetí el proceso
de cocinar la coca para que pasara a ser base, y empecé a fumar.
Cuando fumo, a veces pienso en mi
vida antes de atarme esta piedra al cuello y saltar al mar…en mis colegas, mi
familia, y en lo que creía que sería mi futuro. No pasó mucho tiempo, cuando me
di cuenta que no quedaba nada de fumar…decidí salir para intentar robar algo.
Ya era de noche, el mejor momento
para trabajar. Me dispuse a ir al centro de la ciudad, a una zona de pubs en la
que los chavalitos iban a hacer botellón. Tardé media hora en llegar, pero
había bastante gente bebiendo en los aparcamientos.
No quería tardar mucho en volver
al barrio con algo de pasta, así que fui al callejón que usaban a modo de baño.
Me puse la capucha de mi sudadera, metí las manos en los bolsillos, y con la
mano derecha agarré mi navaja. Sólo vi un grupo de tres chavalas al que me
acerqué. Al verme, sus caras cambiaron drásticamente; se notaba desconfianza y
miedo en cada una de sus inocentes caras.
Con rapidez le puse la navaja a
una en el cuello, y les dije que me dieran todo el dinero y lo que tuvieran de
valor. No dudaron ni un segundo en dármelo, algo lógico viendo mi ropa y mi
enmonada cara. En cuanto tuve todo el dinero y pendientes de oro en mis manos,
salí de allí corriendo en dirección al barrio.
De camino pensaba en las chavalas
a las que acababa de atracar, y me acordé de mi amiga de la infancia, tendrá
una edad parecida a la de ellas…y a la mía. Era la primera vez que sentía algo
parecido a los remordimientos…aunque desaparecieron fugazmente al comprar algo
de coca y fumármela en mi triste chabola. Me resultó extraño que nadie
apareciera por aquí…pero mejor, tenía coca, ¿Qué más podía necesitar? Cuando me
quedaba apenas un par de caladas, me tumbé en la cama e intenté dormir; guardé
las dos caladas para cuando despertara.
Dormitando pensaba en mi amiga de
la infancia, y en las cosas que había hecho desde que me adentré en este
mundo…sentí el remordimiento de aquellas acciones.
Al no poder dormir, me senté en
la cama y preparé otra calada. Me la fumé, y volví a tumbarme para intentar
conciliar el sueño.
Resultaba imposible, parecía que
el recuerdo de mi amiga era la puerta hacia miles de recuerdos de toda mi joven
vida…pensaba en el día que dejé mi pueblo, mi familia, mis amigos, y todo lo de
mi alrededor para venir aquí, a este apestoso y caótico barrio…para poder estar
más cerca de esa deseosa y odiosa amante que es la cocaína. El día que me
atrapó completamente no lo recuerdo, nunca pensé en acabar aquí…pero aquí me
encuentro. La pregunta que me hago todas las noches, y a la que no encuentro
respuesta es ¿Podré salir de aquí? Entre tantos pensamientos me quedé dormido.
Sentí un golpe en la cara que me
despertó. Abrí los ojos, y vi un puño darme otro golpe. Me incorporé y vi que
era el idiota al que le partí un cenicero en la boca. Cogí un cuchillo que
tenía a mano e intenté pincharle en el estómago. Retrocedió un par de pasos, y
aproveché para ponerme de pie. Él saco una navaja e intentó cortarme, pero lo
esquivé por suerte. Se notaba el odio en sus ojos…y en su boca.
-Lárgate de aquí- le dije- o
acabarás muy mal…te lo aseguro.
A lo que me contestó con una
carcajada y diciéndome:
-Estás muerto cabrón, te vas a
arrepentir de haberme reventado la boca con el cenicero.
Me lanzó otra cuchillada, y con
mi brazo izquierdo aparté su mano y le clavé mi cuchillo en su estómago. Su
cara en ese momento estaba descompuesta de dolor…nunca la olvidaré.
Soltó la navaja, se tocó la
sangrante herida, y retrocedió lentamente mientras miraba la sangre salir de su
interior y junto a ella sus fuerzas. Alzó la cabeza para mirarme a los ojos, y
terminó por desplomarse.
Le dije que se lo había
advertido. Estaba tembloroso y cada vez más pálido. Parecía que quisiera
decirme algo, pero en apenas un minuto, expiró su último aliento.
Dejé el cuchillo sobre la mesa,
saqué el cadáver fuera, y lo dejé entre unos matorrales tras mi chabola. Me
lavé las manos, y a continuación el cuchillo. Estaba bastante nervioso, por
suerte me quedaba una fumada de la noche anterior. Me la fumé…pero el
nerviosismo no cesaba.
Realmente no tenía de que
preocuparme, él no tenía familia…nadie le echaría en falta, y dudo que alguien
lo fuera a buscar…eso me recordó que si me pasara algo a mí, nadie me
buscaría…ni mi familia, ni mis amigos, nadie se preocuparía por mí…porque nadie
sabe dónde estoy. También pensé que cualquiera de estos días podría ser yo
quien estuviera entre los matorrales muerto. Por primera vez en bastante
tiempo, quería de verdad salir de aquí…pero cómo.
Mi cuerpo empezó a pedirme algo
para calmarlo. Después de esta angustiosa noche, y de haberle quitado la vida a
otra persona para defender la mía, comencé con mi monótona vida.
Caminé hasta el centro de la
ciudad, a una zona en la que se reunían algunos chavales de familias
adineradas. Siempre que caminaba por las calles, la gente de mí alrededor me
miraba con cara de desprecio y miedo, cosa que no me extrañaba. Cuando empiezas a vivir del modo que yo lo
hacía, comienzas a despreocuparte de cosas que a cualquiera le pueden parecer
de lo más normal, cosas como la higiene y la apariencia, comer bien todos los
días, beber bastante agua, y muchas otras cosas. Desde que estás real y
totalmente enganchado, sólo te preocupa una cosa…poder comprar todos los días
ese atrayente polvo blanco. Para ello se hace lo que sea necesario, desde robar
a viejas indefensas, a quitarles todo lo que tienen en los bolsillos los
niñatos a los que los padres les compran
todo lo que piden…da igual, lo que sea con tal de conseguir dinero para calmar
los nervios que recorren el cuerpo cuando el mono se empieza a despertar.
Caminando a paso ligero llegué a
la zona de reunión de los chavalitos; hacía cuatro meses que no pasaba por
aquí. Observé a quienes estaban por los alrededores y me centré en un grupito
de cuatro niños. Me acerqué con la navaja en la mano, y sin decir nada, les
metí la mano que me quedaba libre en sus bolsillos y saqué todo lo que tenían;
algo de dinero, unos móviles y unas cadenas de oro. Estaban literalmente
temblando de miedo. Sin decir nada me fui de allí rápidamente, y volví al
barrio a cambiar todo lo que conseguí por coca; el dinero lo guardaría para más
tarde.
No tardé mucho en volver al
barrio…ni en cambiar los móviles y el oro, por los que me dieron cuatro gramos.
Me encerré en mi chabola, cociné un gramo y me lo fumé bastante rápido.
Se me ocurrió pasarme por casa de
un coleguita del barrio al que llaman Navaja, y que siempre disponía de alguna
chavalita que me pudiera dar placer a cambio de algo de polvo.
Fui a casa de mi coleguita, la
cual no está muy lejos de mi chabola. Al llegar llamé a la puerta y escuché al
Navaja preguntar:
-¿Quién es?
-¡Yo, abre la puerta!
A los pocos segundos me abrió la
puerta y pasé. La pequeña casa seguía igual que siempre, dos sofás, una mesa, y
los utensilios para cocinar la coca junto a las botellas para fumar.
Sentados en el sofá se
encontraban un hombre al que nunca había visto antes, y la Niña, una joven
asidua al barrio por el gran enganche que tenía a la cocaína y heroína; le
decimos la Niña por su corta edad, diecisiete años.
El Navaja se sentó en una punta,
y yo entre él y la niña. Saqué un medio, y le pedí una cuchara al Navaja;
preparé la base y fumé una calada junto a mi coleguita. Lo que tenía pensado
era fumar, beber algo y follarme a la niña…o al menos que me la chupase como
otras tantas veces.
Invité al Navaja y a la niña a
una calada…al otro no, no lo conocía de nada. El desconocido también le dio una
a cada uno y se fumó la otra; acto seguido el Navaja le dijo a la niña:
-Venga, métete debajo de la mesa
a trabajar.
La Niña se arrodilló y se puso
bajo la mesa que estaba tapada por un gran mantel. Yo ya sabía que ocurriría a
continuación. Cuando la Niña pasa a estar debajo de la mesa, es para darle un
repaso a todos los que están sentados en torno a ella. Sé que puede parecer
algo asqueroso y denigrante para ella, pero a mí me importa una mierda, y a
ella también con tal de poder drogarse. Haría eso y mucho más. Los tres
disfrutamos del trabajito de la Niña, y se lo agradecimos volviéndola a
invitar.
Pasamos un rato charlando,
fumando y disfrutando del magnífico don de la Niña para esos trabajos bajos.
El tipo desconocido era
abogado…quién lo pensaría viéndolo aquí, aunque no era el único que conocí en
el barrio…he conocido desde yonquis, camellos, y putas, hasta abogados,
policías, dentistas, y médicos, sin contar otro gran abanico de oficios que
pasaban por el barrio…así me di cuenta que no te puedes fiar de las
apariencias…aunque a veces es mejor hacerlo.
Después de estar fumando junto a
la Niña, el Navaja, y el abogado, decidí comprar más y volver a mi chabola…aún
tenía que enterrar al bastardo que intentó matarme.
Compré un gramo más, y fui
directo a mi hogar…el mío y el de decenas de insectos y pequeños roedores.
Antes de enterrar al despojo humano que yacía tras mi chabola, me fumaría una
buena calada; tras esa calada, cogí la pala que guardaba bajo la cama, y salí.
Arrastré el cadáver unos cuantos
metros más al fondo y cavé una pequeña zanja, justo para que cupiese; lo tiré
dentro y lo enterré. Este esfuerzo me dejó bastante cansado, así que volví al
interior de la pequeña chabola. Una vez dentro, preparé un poco más de base, me
la fumé, e intenté dormir un poco y dejar el día atrás.
Cuando desperté, me puse a pensar
en el sueño que acababa de soñar…mientras me preparaba una fumada, por
supuesto. Soñé con mi amiga de la infancia, pero porqué con ella; éramos como
hermanos, hasta que me fui de mi pequeño pueblo sin avisar a nadie. Con ella me
fumé mi primer porro…aunque ella nunca pasó de ahí. Yo poco después probé la
cocaína, y tras varios fines de semana consumiendo, llegó el día en el que no
podía salir de fiesta sin esnifar ese amargo polvo. Aún recuerdo cuando decía
que no pasaba nada, que sólo era para divertirme…y cuántas mañanas me desperté
con mi cara sobre la almohada encharcada en sangre que salía por mi nariz. Mi
amiga siempre odió la cocaína, aunque nunca supo que yo consumía. Quizá por eso
sueño con ella, con su voz pidiéndome que salga de aquí, de este asqueroso
mundo de muertos en vida. Tras unas cuantas fumadas y un momento de recuerdos
nostálgicos, debía salir a buscar algo para comer, y comprar algo más de coca;
aún me quedaban algunos euros de los niños pijos.
Compré un bocadillo de mortadela,
y cuando iba a comprar medio gramo, me encontré con un par de chavales que
nunca antes vi por aquí; un gordo y un delgaducho. Se veía que estaban buscando
algo con lo que colocarse. Me acerqué, y les pregunté:
-¿Queréis algo de coca buena?
-Sí- respondió uno de ellos-
Estábamos buscando a nuestro tío que vive por aquí, pero no está en casa.
A mí me importa una mierda sus
historias y quién fuera su tío. A ver si logro sacarles algo.
-Vale, ¿Cuánto queréis?
-Un pollo. Cincuenta euros, ¿no?
-Sí, trae el dinero y esperad
aquí, volveré en un par de minutos.
Los chavales se miraron y
probablemente pensaron, ¿Nos fiamos? Uno de ellos sacó un billete y me lo dio.
Rápidamente me acerqué un par de calles más arriba y compré algo de corte, que
era básicamente laxante; también compré un gramo para mí. Volví y les di una
bolsita con un gramo de corte, que se vendía muy barato…eso les pasa por fiarse
de mí sin conocerme de nada. Me despedí de ellos y me fui a pillar un poco de
heroína para mezclarla con algo de base y fumármela en un trocito de papel de
plata. Deseoso de fumar el “rebujao”, que es como se le llama a esta mezcla, no
tarde mucho en llegar a mi triste chabola.
Repetí la monótona tarea de
transformar la coca en base, y en un rectángulo de papel de plata puse un poco
de base y heroína, quemé la parte de abajo, y mientras esa oscura gota iba
recorriendo todo el papel, yo aspiraba el humo que desprendía con la ayuda de
un tubito; tras darle un par de fumada más, me tumbé y comencé de nuevo a tener
pensamientos nostálgicos de mi añorada amiga. También pensé en las ganas de
salir de aquí, y en cómo podía mi enganche a la droga controlarme como a una
marioneta.
En lo más profundo de mi ser,
quería salir de este maldito mundo, y tener una vida normal; amigos, una casa,
un trabajo, una familia, una tele, un coche…lo que se supone que es una vida
normal…especialmente ser libre, no estar encadenado a una malévola sustancia
que no hacía otra cosa que destruirme…pero no consigo evitar las ganas de
fumar, y pienso que viviendo aquí jamás lo conseguiré. Volví a hacerme la
pregunta que tantas veces me hice… ¿Podré salir de aquí?...eso espero. Me
preparé otra calada, y cuando estaba fumándomela, un colega entró en mi
chabola. Era un colega de un pueblo cercano a la ciudad, que venía
habitualmente aquí a fumar, y siempre me invitaba.
-¡Coño, tío, ¿Qué haces aquí?!-
le pregunté a mi colega.
-Pues a pasar un rato aquí
contigo. Toma- me dijo dándome un billete de cincuenta euros- tráete un buen
gramo.
Cogí el dinero, y salí en busca
del gramo. Me acerqué a la casa donde compraba la mayoría de las veces, y a la
que llevaba algo de clientela que me encontraba por el barrio. Mientras
caminaba hacia la casa, me topé con una mujer del barrio, amiga mía, y también
enganchada…mayormente a la heroína inyectada. La saludé, y la invité a pasar un
rato en mi chabola. Me dijo que iba a comprar algo de caballo, y se pasaría por
allí; yo continué mi camino. Compré el gramo de coca, y volví escopetado para
fumar con mi colega.
-¡Ya estoy aquí!- exclamé.
-Bien, trae la coca, yo la
cocino.
Se la di, y en apenas un par de
minutos ya estábamos cargando las botellas para fumar. Justo cuando terminamos
de fumárnosla, entró mi amiga del barrio. Muchas tardes las pasaba con ella,
aunque no me gustaba nada que se chutara…la dejaba como una mierda. Mi colega y
yo la saludamos, y ella se sentó a mi lado.
-Voy a prepararme un chute- dijo
ella- no aguanto más, y llevo desde la mañana sin meterme nada en el cuerpo.
-Nosotros preparemos otra fumada-
dijo mi colega.
Volcamos un poco más de base en
la botella, y nos la fumamos. Mientras, mi amiga del barrio preparaba la heroína
en la cuchara para inyectársela; se rodeó el brazo con una cuerda elástica, y
se la inyectó. Cayó hacia atrás sin apenas darle tiempo a sacarse la
jeringuilla. Le había pasado muchas veces, y casi siempre estaba yo al lado de
ella…le saqué la aguja, y apreté con un papel en la herida que le provocó; al
poco tiempo volvió a incorporarse.
-¡Uff!- exclamó ella- cómo me ha
subido.
-Cualquier día…no te levantarás
más- le dije a mi amiga- y lo malo es que seguro estoy a tu lado.
-Joder tío- replicó ella- no digas
eso.
-Toma- le dije ofreciéndole mi
botella- fuma un poco.
-Gracias.
Mi colega cargó su botella
también, y fumaron una calada de base, mientras yo le daba otra fumada a la
plata. Comenzó a anochecer, y el calor empezaba a darle paso al frío nocturno.
-Que bien que llega el fresquito-
comentó mi amiga.
-Sí- dije yo- este calor es
inhumano.
-Bueno- dijo mi colega- ya que ha
oscurecido, voy a ir tirando para casa.
-Venga, nos vemos- le dijimos
ambos al unísono.
Ya estando los dos solos, preparé
un par de fumadas más, y aspiramos el humo de las botellas como si no
hubiéramos fumado en días.
-Voy a por medio gramos más- le
dije a mi amiga.
-Vale, te espero aquí.
-Compraré también un par de
bocadillos.
-No tengo mucha hambre, pero
vale.
Salí de mi chabola rumbo a casa
del camello. De camino a ella, pensé sobre lo duro que sería estar enganchado a
la heroína también…menos mal que nunca la he querido probar intravenosa…si la
cocaína base me crea un mono por el cual sería capaz de cualquier cosa con tal
de calmarlo… ¿Qué haría si estuviera así? Cada segundo que pasa, hay una parte
de mi cerebro que me grita ¡Huye!...pero la parte que está total y
completamente enganchada a esta mierda, que es la mayor, hace que la otra huya.
Es como el ángel y el demonio que metafóricamente están en nuestros hombros, no
pueden convivir juntos, y uno de ellos debe morir, sólo espero que el ángel no
acabe por suicidarse.
Compré el medio gramo, y me
dirigí a la tienda a por un par de bocadillos de mortadela; también compré un
batido de chocolate y un rollo de papel de plata con el dinero que me sobró.
Caminé hacia mi chabola, y al
entrar vi a mi amiga del barrio tumbada, y con la jeringuilla clavada al brazo.
Me acerqué para quitársela y me dijo:
-¡No me pegues por favor!
Me quedé asombrado con esa
frase…jamás le puse una mano encima.
-¿¡Qué!? No te voy a hacer nada,
soy yo.
-¡Llévatelo todo, no me pegues!
-Pero qué dices, ¡estás
delirando!
En ese instante comenzó a bajar
el tono de su voz, y los labios y uñas iban pasando a un tono azulado. Me di
cuenta que le estaba dando una sobredosis, y no podía dejar que se durmiese. La
abofeteé en la cara para que reaccionase…pero era inútil. Sus brazos y una de
sus piernas comenzaron a sufrir espasmos…todo iba a peor. No paraba de
preguntarme qué debería hacer, me estaba quedando paralizado al verla
así…finalmente se quedó inmóvil. Le tomé el pulso, y era casi inexistente…poco
tiempo después, su corazón dejo de latir. Me senté a su lado, la miré, y lo
único que se me pasó por la cabeza fue pegarme una fumada bien grande. Parecía
que mi mente trataba de huir de la realidad. Preparé la cocaína, me fumé dos
caladas seguidas, y tras estar tumbado unos minutos, decidí sacar el cadáver de
mi amiga fuera de mi chabola…no podía dejarlo aquí, ni llamar a nadie…mañana lo
encontrará alguien.
Saqué el cadáver de mi amiga, y
lo arrastré, sin que me viera nadie, a un muro cercano; deje la jeringuilla
junto a la cuchara, y me volví a mi chabola. Allí me tumbé en la cama, intenté
dormir, pero me era imposible. Debía salir de aquí…pero ¿cómo? Tras varias
horas de tortura mental, logré quedarme dormido.
Desperté por un alboroto que
provenía de fuera. Me levanté, y me asomé…estaba la policía; no había duda de
porqué estaban allí. Salí de mi chabola, e intenté pasar desapercibido entre
las personas. Observé el cadáver de mi amiga dentro de una bolsa de plástico
negra, y antes de que hicieran alguna pregunta, decidí salir del barrio, y
buscar algo de pasta para pasar el día.
La mañana estaba siendo muy
calurosa, y empeoraba con el paso del tiempo. Mientras caminaba por la ciudad,
pensaba en mi amiga del barrio…sentía algo parecido a los remordimientos, no
porque fuera mi culpa, si no por no haber hecho nada…aunque ¿Qué podría haber
hecho yo? También se paseaba por mi mente la posibilidad de que fuera yo quien
estuviese tirado en un descampado entre los matojos…ella se chutaba, además de
consumir lo mismo que yo, pero eso sólo significaba que mi sufrimiento sería
más largo…igualmente acabaría en una bolsa de plástico negra. Jamás podré
olvidar la imagen de su cuerpo en el suelo, la jeringuilla clavada, su cara
azulada, y todos los momentos que pasamos juntos. Por primera vez creo tener
fuerzas para intentar dejar este oscuro, caótico, y nauseabundo mundo.
Caminando sin rumbo pensaba en cuál sería el primer paso para salir de aquí.
Sin una mínima estabilidad no sería capaz.
Callejeando acabé en una calle en
la que sólo se veía una chica de espaldas dirigiéndose a un bloque de pisos. Me
puse la capucha de mi sudadera, saqué la navaja de mi sucio pantalón, y me
acerqué a ella; llegué justo cuando abrió la puerta. La agarré por detrás, la
empujé dentro del bloque de pisos, y la apunté con mi navaja. Ella se dio la
vuelta, y quedé estupefacto al ver su rostro…era mi amiga de la infancia.
El tiempo se detuvo, o eso me
pareció a mí al pasar tantas cosas por mi mente…tantos momentos felices,
momentos en los que disfrutábamos sólo con la compañía, grandes momentos de
risas y diversión, y todo ello sin tener que estar abrazado a la odiosa amante
que es la cocaína. También sentí una vergüenza descomunal porque me viera así…
Su rostro también estaba
paralizado… ¿Qué se le estará pasando por la cabeza? El tiempo comenzó a
trascurrir de nuevo al escuchar su inolvidable voz decirme:
-¿Eres tú?
Al escucharla, y no sé por qué,
salí corriendo sin mirar atrás; no paré hasta estar unas calles más lejos. Me
empecé a hacer diversas preguntas:
¿Qué pensará de mí? ¿La volvería
a ver? ¿Querrá verme? ¿Por qué me fui de ahí, si estoy deseoso de hablar con
ella? No sabía qué hacer, así que me senté en la acera, puse mis manos en mi
cara, y me quedé pensando qué hacer. Por primera vez en mucho tiempo, no sentía
la necesidad de fumar base, otras sensaciones recorrían mi cuerpo. La vergüenza
de que me vieran así, la tristeza de estar como estoy, y la impotencia de no
saber qué hacer en esta situación. Noté a alguien agacharse frente a mí.
Levanté la mirada, y ahí estaba…Lara. Mirándome con sus grandes y preciosos
ojos verdes, y con su larga melena morena ondeando al viento, me dijo mientras
me abrazaba:
-Sabía que eras tú.
-Lara- le dije con voz
temblorosa- …no sé qué decir.
-Pues yo tengo tantas preguntas
que hacerte…empezando por dónde has
estado. Hace muchísimo que desapareciste.
-Ya me ves, la cocaína me ha
consumido como el fuego al papel.
-Y… ¿Dónde vives?
-En una chabola que está en un
barrio lleno de drogadictos y camellos…no es muy aconsejable vivir ahí.
Se notaba el asombro en su cara
mientras una lágrima descendía por su rostro.
-No llores- le dije- no merece la
pena hacerlo por mí, yo solo me metí aquí.
-¿Cómo dices eso? Me entristece
verte así. Hemos crecido juntos, toda nuestra infancia y parte de nuestra
adolescencia. Me he preguntado todo este tiempo si estarías bien o no.
-Bueno, digamos que he estado
sobreviviendo, y a la vez suicidándome lentamente con la cocaína.
-Vayamos a mi casa, te daré algo
de ropa y tomaremos un café. Tienes mucho que contarme.
Acepté, aunque me costó decirle
que sí…seguía estando avergonzado.
De camino a su casa charlábamos
sobre la infancia, nuestras trastadas y todo lo que hacíamos por aquella época.
Parecía mentira, pero ese rato lo pasé bien, y nuestra amistad parecía seguir
exactamente igual que antes de mi marcha; tampoco me acordaba de la cocaína,
sólo de los buenos momentos que pasamos juntos, Lara y yo. Por el camino
también me habló acerca de lo que estuvo haciendo. Su padre le está pagando un
piso y la universidad, junto a todos los gastos. Es su primer año, y seguro lo
aprobará, siempre ha sido muy inteligente, y nunca le faltaron ganas de
estudiar.
Entramos en el portal de su
bloque, y subimos en ascensor hasta el piso cuarto; abrió su puerta y entramos.
El piso era acogedor, con un par de habitaciones, el baño, y el salón junto a
la cocina. Nos sentamos en el sofá, y ella se levantó y dijo:
-¡Ups! Los cafés, se me olvidaba
hacerlos.
Se levantó y fue a la cocina a
prepararlos. La situación parecía muy extraña, no recuerdo cuándo fue la última
vez que quedé con alguien para tomar algo que no fuera una fumada. La verdad
que se está bien aquí sentado, esperando un café de una antigua amiga…me
gustaría tener más momentos como este, y no como los del barrio…no quiero esa
vida, quiero ésta. Lara llegó sosteniendo una bandeja sobre la que llevaba dos
tazas, una jarra con café, un azucarero, y un cartón de leche.
-¿Quieres leche, o solo?- me
preguntó.
-Solo, y con dos cucharillas de
azúcar.
Me lo sirvió y le di las gracias;
ella vertió un poco de leche en el suyo.
-Bueno- dijo Lara- tienes mucho
que contarme.
-¿Por dónde empezar?
-Qué tal por cuando decidiste
marcharte del pueblo.
-Creo que es lo más lógico.
R.R.Almeida - 2014 todos los derechos reservados.
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Primer capítulo gratis: Si crees que puedes, puedes © (Primer capítulo)
Portada.
Contraportada.
domingo, 4 de mayo de 2014
Madre ©
Madre
Por R.R.Almeida
Madre, eres la mejor,
tres meses sin crear nada,
pero en tú día me das la inspiración.
Madre me diste la vida,
madre me diste una educación,
madre por ti creo esta poesía,
y gracias a ti sigo en esta vida.
No tengo dinero, pero sí una misión,
sacar una sonrisa y regalarte esta sensación.
Eres la mejor madre que pudo existir
jamás hubiera preferido otra,
mil veces te volvería a elegir.
La única que siempre creyó en mí,
la única que siempre estuvo ahí,
la única a la que siempre querré,
la única por la que mataré.
Madre, qué más decir,
eres la expresión física de lo que es el amor,
siempre dándolo todo por tus hijos,
aunque te hayamos traído uno o más disgustos.
Sé que siempre seguirás ahí...y puede que ese sea el consuelo para vivir.
martes, 25 de marzo de 2014
Antología La voz y la palabra (Vol. 1)
Antología La voz y la palabra (Vol. 1)
Me complace anunciar que ya está a la venta el eBook (Formato epub - mobi - pdf) "Antología La voz y la palabra (Vol. 1)" Una antología que recoge los textos ganadores y finalistas del certamen literario "La voz y la palabra" organizado por Universo La Maga. Al llegar a un mínimo de 200€ se editará la versión física de esta magnífica antología de la que formo parte con mi microrrelato "Adicción", con el que quedé ganador de ésta categoría.
La página en el que podéis comprar, o regalar, este eBook es https://byeink.com/b/lP ¡¡¡Por sólo 1.55€!!!
Nada más que decir, salvo dar las gracias a todos los que votasteis por mí, y a Universo La Maga por organizar este certamen.
jueves, 30 de enero de 2014
ERI - El Rompido Independiente
He creado un espacio en la página para poner los cambios que vaya haciendo en el Videojuego RPG-2D "ERI - El Rompido Independiente" Podéis verlo en la parte de arriba, o pulsando en el siguiente enlace.
http://www.rralmeida.com/p/eri-el-rompido-independiente.html
http://www.rralmeida.com/p/eri-el-rompido-independiente.html
sábado, 14 de diciembre de 2013
Sombras nocturnas © (Primer capítulo)
He decidido compartir con todos vosotros el primer capítulo de mi primera novela acabada hace ya un par de años.
Se titula "Sombras nocturnas" y cuenta la historia de Kurt, un joven policía de la Alemania Nazi de Hitler, que no puede soportar más lo que el Führer está haciendo con Alemania y gran parte de su población.
Espero que disfrutéis leyendo este primer capítulo titulado "Cambios drásticos"
Se titula "Sombras nocturnas" y cuenta la historia de Kurt, un joven policía de la Alemania Nazi de Hitler, que no puede soportar más lo que el Führer está haciendo con Alemania y gran parte de su población.
Espero que disfrutéis leyendo este primer capítulo titulado "Cambios drásticos"
"Sombras nocturnas"
Por R.R.Almeida
1. Cambios Drásticos
En la oscura
época nazi de Alemania, un joven policía de veintisiete años llamado Kurt
Werstein, iba de patrulla por las calles de Berlín, junto a dos compañeros,
Albert y Martin, cuando vieron una joven.
-Chicos, mirad
que camina por ahí, es una cerda judía- dijo Martin.
-Paradla y
subámosla, vamos a divertirnos un rato- dijo Albert.
Kurt permanecía
callado, pues aun siendo policía, no estaba muy de acuerdo con la política del
Führer, pero claro, no podía sacarlas a la luz…le costaría la vida, o algo
peor.
-Eh tú, ven
aquí- dijo Martin.
-Yo no he hecho
nada, señor- dijo la joven.
-Eres judía
verdad, con eso ya has hecho bastante, maldita cerda- dijo Albert.
La metieron en
la parte trasera del vehículo, condujeron un poco más adelante y giraron hacia
un callejón. Allí aparcaron; Albert y Martin salieron del vehículo.
Albert sacaba a
la joven agarrada del brazo, la tiró al suelo y dijo mientras se bajaba los
pantalones:
-Vamos, cerda
judía, haz lo que tú sabes.
La joven,
tirada en el suelo y llorando, decía:
-Señor, yo no
he hecho nada.
No paraba de
repetir la misma frase, se notaba que estaba muy asustada; los dos policías,
Albert y Martin, agarraron a la joven, y
mientras uno la sujetaba y golpeaba para que se estuviera quieta, el otro la
violaba brutalmente; primero Albert y después Martin. No pararon de darle
golpes hasta que la joven estaba casi inconsciente.
Cuando
terminaron, vieron a Kurt que estaba sentado en el coche, y Albert le preguntó:
-¿Qué pasa, no
quieres divertirte un rato? Tú siempre igual.
Kurt sólo
pensaba en lo que sus compañeros acababan de hacer, que no era la primera vez.
Él no estaba de acuerdo con ese tipo de cosas, pero era incapaz de hacer nada.
Albert al ver
que Kurt no contestaba, le dijo a Martin:
-Y ahora ¿Qué
hacemos con esta cerda judía?, ha quedado peor de lo que pensaba.
-Ya no sirve de
nada- respondió Martin- pégale un tiro y dejémosla ahí tirada, a nadie le
importa una judía muerta, además, le haremos un favor.
-No, no vale ni
el metal del que está hecha la bala, será más barato cortarle el cuello como
una cerda que es- dijo Albert.
La joven,
agotada en el suelo, casi sin aliento y apunto de desmayarse por los golpes que recibió mientras la
violaban, intentaba decir algo. Con una voz casi apagada de la que sólo se
entendía una frase, “No he hecho nada”. Albert cogió un cuchillo del coche, se
acercó a la joven, la agarró por el pelo y tiró hacia atrás la cabeza, puso la
punta del cuchillo en el cuello de la joven y mientras le fue cortando poco a
poco, le susurró al oído:
-Púdrete en el
infierno, cerda judía.
Soltó a la
chica que cayó desplomada en el suelo, sangrando y dejando su vida en ese
oscuro y frío callejón.
-Listo, ya
podemos irnos- dijo Albert.
-¿Quieres un
cigarro, Albert?- preguntó Martin.
-Sí, es justo
lo que necesito ahora, pero primero déjame limpiar la sangre del cuchillo y de
las manos- respondió Albert.
Albert y Martin
se encendieron un cigarro y subieron al coche. Albert arrancó el coche y fueron
saliendo del callejón.
Mientras, Kurt
echaba una mirada hacia atrás para ver a la joven, muerta, semidesnuda, y en un
charco de sangre.
Cuando Kurt
volvió a su casa, en la que vivía solo desde que su mujer desapareció unos
meses atrás. Estaba muy enfadado consigo mismo por la impotencia que le entró
esa tarde en el callejón con sus compañeros, Albert y Martin; pensó que debió
hacer algo.
Desde que el
Führer llegó al poder, la policía ya no se dedicaba a ayudar, eran como los
perros de la Gestapo, todo el día buscando imprentas ilegales de propaganda
contra el partido nazi, deteniendo a gente inocente que su único delito era ser
de una religión o un color distinto, y todo para llevar a cabo el enfermizo
deseo de Hitler de eliminar a todos los que él consideraba que eran de una raza
inferior.
Kurt se hizo
algo de comer, se duchó y se fue a la cama. Tumbado en ella no paraba de pensar
en esa tarde, en esa joven de la que ni sabía el nombre, y en lo desalmados y
despiadados que eran sus compañeros y la gran mayoría de la policía que
conocía.
-No puedo
permitirlo más- pensó Kurt- pero, ¿Qué hago?, ¿Cómo reaccionar ante esos dos malnacidos?.
Si les digo que no lo hagan me dirán que sólo son judías y que no valen nada,
que a nadie les importa. Pero esas personas también tienen familia, y no creo
que sean seres inferiores. Lo que tengo claro es que no me quedaré quieto la
próxima vez, mi conciencia no me lo permitiría. Pensaré algo por si llega la
ocasión…que llegará.
Entre tanto
pensamiento se quedó dormido.
A la mañana
siguiente se despertó tarde. Andaba aún adormilado, así que se fue a la ducha
para despejarse un poco; después desayunó y se puso el uniforme.
Salió de su
casa aún dándole vueltas a la cabeza, tenía la imagen de la joven ensangrentada
y tirada en el suelo, grabada en el cerebro a fuego.
Caminó a la
comisaria, que ya llegaba tarde, y en la entrada se encontró a Albert y Martin
que estaban subiendo al coche.
-¡Kurt! Vamos
joder, ya nos preguntábamos dónde estabas- dijo Martin.
-Perdón, me
quedé un poco dormido, ayer no descansé muy bien.
-Venga monta,
tenemos que registrar una casa, el vecino avisó que anoche se vio mucho
movimiento- dijo Albert.
Por el camino comenzaron
a hablar:
-A ver qué nos
encontramos- comentó Martin.
-Puede no ser
nada- dijo Kurt- últimamente hay muchas denuncias por cualquier motivo.
-¿Cómo que no
será nada?- dijo Albert- si por la noche está entrando y saliendo gente; puede
ser una imprenta o quizás planean un atentado.
-Seguro que es
un burdel lleno de putas- añadió Martin.
-Sí, estaría
bien que fuera un burdel- dijo Albert riendo- así podremos “comisar” algo de
mercancía para probarla y divertirnos un rato.
-Sea lo que sea
ya lo veremos- dijo Kurt- y de ser así nuestro deber es llevarlas a comisaría.
-Joder, ¿Nunca
te quieres divertir o qué?- le replicó Albert- Nuestro deber es proteger al
pueblo alemán de basuras como esas, y si de paso nos divertimos, pues mejor.
-Bueno,
tranquilos- dijo Martin- ahora veremos qué nos encontramos, no vale de nada
divagar.
Kurt, cada vez
más enfadado con sus compañeros y con la política que se vivía en Alemania, con
la que no estaba nada de acuerdo, pensaba que ojalá no fuera nada, ni un burdel
ni nada parecido, ya que escuchando a Albert sabía que haría algo, y él no lo
permitiría, aún no sabía cómo, pero no lo permitiría más; el resto del camino,
que no fue muy largo, se mantuvieron callados con una tensión que parecía estar
a punto de estallar.
Aparcaron
delante de la puerta, bajaron y se acercaron a la puerta; Albert llamó con tres
golpes a la puerta y dijo:
-¡Policía,
abran la puerta!
A los pocos
segundos abrió la puerta una joven judía.
-Venimos a
hacer un registro- dijo Albert mientras apartaba a la chica con el brazo y
entraba en la casa.
-Yo no he hecho
nada señor- dijo la joven.
En ese momento,
cuando escuchó esa frase, Kurt recordó a la chica que sus compañeros violaron y
mataron el día anterior.
-Aquí somos
nosotros quienes decidiremos eso- dijo Albert.
-Yo miraré
arriba- dijo Martin.
-Vale, yo miraré
por aquí. Kurt, tú ve por esa escalera que parecen llevar al sótano- dijo
Albert.
-Vale- dijo
Kurt- bajaré a echar un vistazo y subo.
Kurt fue a la
escalera y pulsó el interruptor de la luz, pero no se encendió.
-¿No funciona
la luz aquí?- pregunto Kurt a la joven.
-No, señor-
respondió ella.
-Usaré la
linterna que está en el coche.
Kurt fue al
coche a por la linterna y volvió a la escalera. Encendió la linterna y comenzó
a bajar. El sótano era grande, y con la luz de la linterna no podía apreciar
todo, así que decidió inspeccionar de cerca lo que allí se encontraba. Había
muchas cajas de madera y cartón llenas de polvo y telarañas, una pequeña mesa
con un par de sillas viejas, unas mantas en el suelo con pinta de ser usadas
para dormir, y un plato junto a un vaso, ambos sucios y cerca de las mantas.
Kurt pensó que escondían a alguien allí, esas mantas, el plato y el vaso, era
muy sospechoso, pero no había nadie. Se decidió a subir la escalera, cuando
escuchó un ruido como de dos rocas rozándose, apuntó con la linterna y la
pistola hacia donde provenía el ruido y dijo:
-Policía, ¿Hay
alguien ahí?
No se escuchó
nada, sólo se veía unas cajas de cartón. Se acercó lentamente y las apartó,
había una pequeña pintura con forma de pergamino, y pintados en relieve los
números del cero al nueve, los símbolos de sumar y restar, dos triángulos, una
calavera y una hoz. Kurt pasó la mano por encima y notó que se podían pulsar,
como si fueran unos botones…le resultó extraño, pero al no ver a nadie, se
dirigió a subir las escaleras y omitir esa información a sus compañeros.
Al subir vio a
Albert sentado en una silla y a la chica de pie.
-¿Algo por
abajo, Kurt?- preguntó Albert.
-Nada, sólo
cajas- respondió Kurt.
Kurt no pensaba
decir nada de las mantas, ni del plato y el vaso. Desde esa mañana había
perdido el poco respeto que le quedaba hacia la policía, y hacia sus dos
compañeros, que no eran otra cosa que dos sucios asesinos.
-Esperemos a
Martin- dijo Albert- yo he estado hablando con esta judía, pero no quiere decir
nada, habrá que interrogarla más a fondo en una de esas habitaciones de ahí.
-Yo lo haré-
dijo Kurt- Vamos, ven conmigo a la habitación.
Kurt no pensaba
dejar a solas a esa chica con ninguno de sus compañeros…no podía guardar más
víctimas inocentes en su memoria
-¿Te quieres
divertir hoy?- preguntó Albert- Está bien, ayer nos divertimos nosotros.
Kurt cogió por
el brazo a la chica y la llevó a la habitación.
-Yo subo a ver
a Martin- dijo Albert- que está tardando mucho.
Kurt y la chica
entraron en la habitación amueblada por una cama y una pequeña mesita.
-Siéntate- dijo
Kurt- no te preocupes, no te voy a hacer nada.
-Aquí no
hacemos nada malo, señor- dijo la chica.
-Bueno, primero
dime tu nombre- dijo Kurt.
-Lilia.
-Bonito nombre.
Bueno, Lilia, abajo he visto unas mantas, puesta a modo de colchón ¿Estás
escondiendo a alguien?
-No, señor.
-Ya, bueno, lo
creas o no, intento ayudarte ¿Hay alguien más en la casa?
Kurt quería
saber si había alguien más en casa para evitar que le hicieran lo mismo que a
la pobre chica del día anterior.
-No, ahora
estoy sola, mi hermano está trabajando en la fábrica.
-¿Y no
escondéis nada?
-No, señor, ya
se lo he dicho.
-¿Y la gente
que entra de noche y sale antes del amanecer? Dímelo, de verdad, sólo intento
ayudarte, cualquiera de esos dos de ahí fuera no insistiría tanto, y si hay
alguien más en esta casa y ellos lo encuentran…lo va a pasar muy mal.
-Perdone,
señor, pero sería la primera vez que la policía me ayude…a mí, una judía.
-No soy como
los demás policías, no estoy de acuerdo con la política de Hitler…en serio,
sólo quiero ayudarte.
-Sí, se nota
que no eres como los demás…o quizás me estás diciendo todo eso para que confíe
en ti. La policía mató a mis padres como si fueran unas sucias ratas, ¿Cómo
puedo confiar en ella?
-Lo siento, te
comprendo, pero no todos somos iguales.
-Habrá que
verlo.
De repente se escuchó
un disparo en el piso de arriba.
-¡¿Qué fue
eso?! Espérate aquí- dijo Kurt.
Salió de la
habitación, la cerró desde fuera con la silla en la que antes estaba sentado
Albert, y empezó a subir la escalera lentamente con la pistola en la mano
cuando se escuchó otro disparo. Se apresuró a ir adonde provenía el disparo y
se encontró a Martin en el suelo con los pantalones bajados y sangrando por la
entrepierna; en el suelo, yacía una joven que parecía muerta por un tiro en la
cara, y a Albert de pie, con la pistola en la mano, apuntando a su compañero Martin
a la cabeza.
-¡Qué ha pasado
aquí!- dijo Kurt.
-La cerda esa-
dijo Albert con cara de odio- le ha pegado un mordisco y le ha arrancado la
polla, yo al verlo, saqué la pistola y le pegué un tiro, poco después otro para
rematarla.
-Y ¿Por qué
apuntas a Martin?- preguntó Kurt.
-Antes de
desmayarse me dijo que así no se merece vivir, sólo le voy a hacer un favor- respondió
Albert.
Apretó el
gatillo y la sangre de Martin salpicó a ambos.
-Y ahora voy a
ver a la otra puta judía, ¿Está en la habitación donde entraste?- preguntó
Albert a Kurt.
Kurt, que
estaba paralizado después de ver a Albert disparar a Martin, la chica muerta, y
toda la sangre salpicarle la cara, no pudo ni decir palabra.
-Tú como
siempre, con esa cara de idiota y más callado que una puta judía, ¡Aprende ya
de qué va esto!- dijo Albert.
Apartó a Kurt
con el brazo, salió y fue bajando la escalera. Kurt reaccionó y fue rápido tras
Albert.
-Ven aquí,
puta, tú vas a pagar todo lo ocurrido- dijo Albert a Lilia.
-No me mate, no
quiero morir- dijo Lilia.
-No te
preocupes por eso, preocúpate por lo que te ocurrirá antes de que te mate- dijo
Albert.
Albert golpeó a
Lilia en la cara con un golpe fuerte y ella cayó en la cama. Albert se empezó a
quitar la correa de los pantalones, y en ese momento Kurt apareció por detrás
con un cuchillo en la mano y rápidamente agarro la cabeza de Albert por detrás
y le cortó el cuello a la vez que le dijo:
-Eres tú el que
vale menos que el metal de una bala.
La sangre salpicó
a Lilia, que estaba en la cama mirando la cara de Kurt que parecía llena de ira
y odio.
-Te creo- dijo
Lilia mientras se limpiaba la sangre con la sábana.
-¿Cómo?-
preguntó Kurt limpiando el cuchillo también en la sábana.
-Que creo que
no eres como los otros policías, ninguno mataría a su compañero por salvar a
una judía. Gracias.
-No es nada, es
lo que debía hacer, como ya te dije no estoy de acuerdo con estos métodos y mi
conciencia no me lo permitiría, antes que judía eres humana.
-¿Y arriba que pasó?
Estaba Sara, una amiga que íbamos a esconder esta noche, la acusaban de
prostituta.
-El otro
policía la quiso violar, y bueno, digamos que lo dejó impedido de por vida- dijo
Kurt riéndose ligeramente- luego este de aquí le pegó un tiro a mi otro compañero,
el cual no quería vivir así.
-Pobre Sara, no
merecía morir, como todas las demás personas que han ido cayendo durante este
tiempo.
-Los vecinos
quizá escucharon los disparos y avisaron a una patrulla, ahora será mejor irse
y esconderse, o acabaremos muertos también, pero ¿Dónde podríamos ir?
-Sé dónde
podemos escondernos, y rápidamente. Vamos al sótano.
-¿Al sótano? Si
no hay nada.
-Que no veas
algo no significa que no esté ahí.
Kurt cogió el
arma de Albert y bajaron al sótano.
-Déjame la
linterna- dijo Lilia.
Kurt le dio la
linterna y fueron hacia la pequeña pintura de pergamino con botones. Lilia
pulsó varios de ellos y se abrió una entrada, cerca, en el suelo.
-¿Y esto?- dijo
Kurt.
-Entra, mejor
te explico dentro.
Entraron los
dos, y Lilia pulsó una palanca en el interior que cerró la entrada. Bajaron y
llegaron a una sala redonda con tres puertas y una mesa rodeada por cuatro
sillas.
-¿Me puedes
explicar ya dónde estamos?- dijo Kurt.
-Es un bunker
bastante antiguo, en el que nos pensábamos esconder. Sin el código de la puerta
es imposible entrar, nunca pensé que un policía entraría aquí.
-Podríamos
decir que ya no soy policía.
-Sí, eso es
verdad. Te enseñaré esto. Hay tres habitaciones, en esa de ahí están guardadas
las provisiones; hay comida y bebida para que vivan cuatro personas por un par
de semanas…aunque ahora estamos sólo tú y yo. Me preocupa mi hermano, seguro
que lo cogerán, y no hay forma de avisarlo, si no hubierais venido. ¿Quién os
avisó?
-Según me dijo
mi compañero, un vecino avisó que entraban muchas personas de noche y se iban
antes del amanecer.
-¡Muchas
personas! Si entraban dos, y justo hoy íbamos a esconder a Sara y a su hermano,
pero ya…mejor sobrevivir nosotros, te debo la vida y aquí no entrarán, y si
logran entrar, tenemos una salida por esa otra puerta.
-Ya se denuncia
sólo por miedo- dijo Kurt- y a cualquier mínimo de sospecha, así va todo, ¿Y a
dónde lleva la salida?
-A las
alcantarillas, en la habitación hay un pozo bastante hondo, y cerca del agua
hay un pasillo que acaba llegando a las alcantarillas, será la única forma de
salir de aquí.
-Sí, mejor
tener una vía de escape. Toma el arma de Albert, quizás te haga falta.
-No te
preocupes, tenemos algunas armas y munición que fuimos trayendo, están en la
habitación del pozo, tenemos algo de dinamita también.
-Veo que
estabais preparados.
-Sí, estábamos
dispuestos a morir luchando antes de hacerlo llorando, pero…ellos ya no lo
harán.
-Quizás
tengamos que hacerlo, no sabemos que nos deparará el futuro. Como has dicho,
mejor morir luchando que morir llorando.
-Ya veremos, te
sigo enseñando esto. Por esa otra puerta hay cuatro pequeñas habitaciones, con
una cama cada una y un cuarto donde podemos asearnos. Eso es todo.
-Bastante bien
la verdad, una pregunta, cuando bajé a registrar el sótano, escuché la puerta a
las escaleras cerrarse, ¿Hay alguien más aquí?
-No, estábamos
bajando algunas cosas cuando llamasteis, subí corriendo, y Sara estaba arriba.
Si no se pulsa la palanca, al minuto se cierra.
-Será mejor
descansar un rato.
-Sí, cogeré
algo de comer y beber.
Lilia fue a la
despensa a por algo de agua y comida, y lo llevó todo a la sala redonda para tomarlo
en la mesa junto a Kurt.
-Toma, bebe
algo…Kurt ¿Verdad?- dijo Lilia.
-Sí, Kurt
Werstein. Gracias.
-Yo me llamo
Lilia Blume. Tengo veinticuatro años y he vivido aquí desde siempre.
-Yo veintisiete,
y también de Berlín de toda la vida.
Kurt bebió
bastante agua mientras miraba a su alrededor, pero Lilia no paraba de mirar a
Kurt.
-¿Por qué no
paras de mirarme?- preguntó Kurt.
-Ahora, después
de lo ocurrido, supongo que tendremos que pasar algunos días juntos ¿No?
-Claro, no
pienso dejarte sola, y prefiero que nadie me vea, quizá ya sepan que fui yo
quien mató a Albert, y seguro me atribuyen la muerte de Martin también.
-Pues entonces-
dijo Lilia- deberíamos conocernos mejor.
-No sé, soy
algo tímido, entré en la policía hace algunos años, pero este régimen que ha
impuesto Hitler…no me gusta para nada.
-Dímelo a mí. Los
judíos estamos condenados aquí. Tarde o temprano acabarán con todos nosotros. A
mis padres ya los mataron, y juré que me vengaría…pero no sé si podré. Ahora
Sara, mi hermano que casi lo puedo dar por muerto…se van acumulando muchas
cosas, pero primero tenemos que sobrevivir.
-Sí, eso
haremos, también soy muy insistente y no nos rendiremos, sobreviviremos,
escaparemos de aquí y buscaremos la forma en la que te puedas vengar. A mí ya
no me queda nada, mi mujer desapareció hace algunos meses y en todo este tiempo
sólo he ido cogiendo odio hacia este régimen. En parte pienso que fue culpa
suya la desaparición de mi mujer.
-Intentemos no
pensar en lo malo ahora, ya habrá tiempo para preocuparse. Ahora que me
acuerdo, mi diario ya lo dejé antes en la habitación en la que pensé quedarme
¿Te importa si te dejo solo? Me gustaría escribir lo ocurrido, escribir me encanta
y me calma los nervios.
-Claro, ve, no
me importa. Yo me quedaré aquí sentado descansando y pensando.
-Si necesitas
algo, cógelo.
Lilia se fue a
la pequeña habitación en la que dormiría, a escribir en su diario mientras Kurt
se quedó pensando en qué deberían hacer.
-Aquí tampoco
podremos estar mucho tiempo- pensó Kurt- aunque no entren por las escaleras,
acabaran viendo la pintura con los números y encontrarán la forma de entrar,
deberíamos irnos en cuanto podamos… ¿Pero dónde podríamos ir? A mí me empezarán
a buscar en cuanto una patrulla llegue a la casa y vean todo.
A Kurt le
empezó a doler un poco la cabeza.
-Uff, ya
empiezan estos dolores de cabeza que tengo desde hace algún tiempo. Iré a ver
si Lilia tiene aquí algo que me calme el dolor.
Kurt se dirigió
a la habitación de Lilia y llamó a la puerta.
-¿Se puede?-
dijo Kurt.
-Sí, pasa- dijo
Lilia.
-¿Tienes algo
para el dolor de cabeza? Me dijiste que cogiera lo que necesitara, pero no sé
si tienes.
-Sí, espera que
te traiga una pastilla y un poco de agua.
Kurt se sentó
en la cama a esperar a Lilia y vio el diario, era de color negro con unas
pequeñas líneas doradas.
-A saber la de
cosas que habrá vivido- pensó Kurt- ¿Habrá escrito que piensa de mí? Aunque me
pique la curiosidad no puedo leerlo, es algo personal… aunque me gustaría
saberlo.
Lilia abrió la
puerta de la habitación y entró con un vaso de agua en una mano y una pastilla
en la otra.
-Toma, te
calmara el dolor de cabeza. Será mejor que te eches a descansar en una cama
mientras hace efecto.
-Gracias, iré a
la habitación de al lado.
Kurt salió y
fue a la habitación contigua a descansar mientras Lilia volvía a coger el
diario para escribir en él sus pensamientos.
Lilia abrió el
diario negro con pequeñas líneas doradas por la última página escrita para
continuarla:
“Kurt ha venido
a mi habitación a pedirme algo para el dolor de cabeza. Le di una pastilla y un
vaso de agua. Se fue a la otra habitación a descansar, espero que se encuentre
mejor dentro de un rato. Me parece que se siente mi protector, y lo cierto es que
lo ha sido, de no ser por él ahora estaría muerta, podría haberlo dejado pasar,
le hubiera sido más fácil, pero ahora tendrá que huir, como yo. Lo cierto es
que me gusta su forma de ser, aunque tendré que conocerlo más, por suerte parece
estar decidido a quedarse conmigo.”
A Lilia le
entró sed y se levantó para ir a por un poco de agua. Salió de la habitación y
pasó por delante de la puerta de la de Kurt. Vio que estaba a medio tapar, y
entró, cogió la manta y empezó a taparlo, cuando él, le agarro un brazo.
-Perdona, me
suelo despertar muy rápido cuando me tocan- dijo Kurt mientras la soltaba.
-No pasa nada-dijo
Lilia- ¿Alguna pesadilla? Pareces un poco alterado.
-No, estoy
bien.
Lo cierto es
que Kurt estaba soñando con la imagen de Sara, tirada en el suelo, sin vida. A
Albert disparando a Martin. A él rajando el cuello de Albert. Y con la chica
del día anterior…no se le quitaba la cabeza.
-Y la cabeza
¿Te duele?- preguntó Lilia.
-No, ya estoy
mejor.
-Pues voy a por
un poco de agua, ¿Quieres un poco?
-Sí, gracias. Te
acompaño.
Salieron los
dos de la habitación y fueron a la sala redonda.
-Siéntate, ya
traigo yo el agua- dijo Lilia.
Lilia fue a por
una jarra de agua y volvió. Le sirvió a Kurt un vaso y se llenó otro para ella.
-Gracias- dijo
Kurt- he estado pensando que aquí no podremos estar mucho tiempo, quizá sea
mejor irnos en cuanto podamos.
-Sí, si piensas
que es lo mejor, eso haremos, ¿Esperamos a mañana, u hoy sería mejor?
-Pues me
gustaría entrar en la casa de nuevo y ver si ya recogieron los cadáveres.
-Pero ¿Y si hay
alguien?, te podrían detener o matar.
-Tranquila, iré
con la pistola y tengo muy buena puntería.
-Vale, ¿Quieres
algún arma de las guardadas en la sala del pozo?
-No, tengo mi
pistola y la de Albert.
Kurt terminó de
beberse el agua, se levantó, sacó la pistola y empezó a subir la escalera hacia
el sótano de la casa.
-Yo te abro y
espero en las escaleras junto a la palanca, si se cierra la puerta, la volveré
a abrir- dijo Lilia.
Los dos
subieron las escaleras y Lilia tiró de la palanca mientras Kurt apuntaba a la
entrada del sótano con la pistola y la linterna. La puerta se abrió y a plena
vista todo seguía igual que antes. Kurt entró en el sótano y dijo a Lilia:
-Si en algún
momento ves a alguien que no sea yo, cierra rápido y huye. No me esperes.
-No creo que
pueda huir, no dejándote ahí, sin saber si estás vivo o muerto.
-Tranquila que
volveré- dijo Kurt sonriendo a Lilia- pero si me pasa algo y tú no consigues
escapar…no habrá servido de nada lo que hemos hecho y habrán vuelto a ganar…no
les des esa satisfacción y sálvate, recuerda que tienes mucho que vengar.
Kurt iba
sigilosamente hacia la escalera que sube a la casa, apuntando con la pistola y
algo nervioso. Llegó a la escalera, miró hacia arriba y al no ver a nadie
comenzó a subir. Mientras subía empezó a escuchar unas voces y se quedó quieto
escuchando.
Eran dos
policías los que hablaban arriba.
-¿Qué habrá
pasado aquí? Albert está ahí con un corte en el cuello y Martin arriba con un
disparo y…ya sabes. Mientras que Kurt está desaparecido, seguro que ese cabrón
tiene algo que ver.
-No sé, sea
como sea tenemos que encontrar a Kurt, él nos podrá aclarar muchas cosas.
Otros dos
policías bajaron con el cuerpo de Martin.
-Ya está todo
listo arriba, podemos marcharnos- dijo uno de los policías.
Todos salieron
y Kurt escuchó como cerraban la puerta. Subió arriba con cuidado por si quedaba
alguno y se asomó por la puerta que daba a la escalera para comprobar que no
hubiera alguien más.
-Qué casualidad
haber salido en este momento- pensó Kurt- lo que está claro es que no deben verme.
Bajaré al sótano a decirle a Lilia que ya se han ido los policías y que debemos
prepararnos para salir.
Kurt bajó al
sótano y al apuntar con la linterna hacia la entrada del bunker, vio a Lilia esperando.
Él sonrió y dijo:
-Te dije que
volvería.
Ella al verlo
también soltó una sonrisa. Y dijo:
-Me alegro que
no haya pasado nada.
-Bueno, se
acaban de marchar con los cuerpos. Dijiste que el pozo lleva a un pasillo que
va al alcantarillado ¿Verdad?
-Sí, ¿Saldremos
por ahí?
-Sí, vamos a
preparar algo de comida, bebida y demás cosas que necesitemos. En cuanto
estemos preparados, nos iremos. Lo mejor es salir de Berlín, ya pensaré hacia dónde
nos marcharemos.
-Vale- dijo
Lilia- Guardaré algo de fruta y queso en una bolsa de tela que tengo ahí.
-Bien, yo
cogeré algunas armas, los cartuchos de dinamita y munición.
Lilia fue a la
sala donde guardaban la comida para recoger todo. Metió varias piezas de fruta,
algo de queso y un poco de pan en la bolsa de tela, se la colgó al hombro y fue
a su habitación a recoger su preciado diario.
Mientras, Kurt,
estaba en la sala del pozo con las armas. Decidió dejar su pistola y la de
Albert allí y coger dos nuevas Luger con suficiente munición; también cogió una
pistola PKK para Lilia, los cartuchos de dinamita y un fusil Karabiner 98 Kurz
que se colgó al hombro. Ya armado volvió a la sala redonda.
Lilia en su
habitación decidió ponerse una ropa de color negro y pensó en que Kurt también
debería cambiarse de ropa y fue a otra de las habitaciones a por algo de ropa
de su hermano. Cuando cogió todo fue a la sala redonda a reunirse con Kurt.
-He pensado que
sería mejor ponernos ropa más oscura- dijo Lilia- tú no puedes ir por ahí
vestido de policía si queremos pasar desapercibidos.
-Buena idea,
gracias por la ropa. Me iré a cambiar. También necesitaremos algo más de ropa,
para cuando salga el sol...
-Vale, cogeré
algo más.
Mientras Kurt
se cambiaba de ropa, Lilia fue a coger algo más de ropa para cambiarse cuando
el sol iluminara todo.
-Pues creo que
ya está, volveré a ver a Kurt- pensó Lilia.
Volvió a la
sala redonda y vio a Kurt con la ropa de su hermano y dijo:
-Te queda muy
bien, y mejor que vestido de policía estás- dijo Lilia mientras se le escapaba
una ligera carcajada.
-Sí, me alegro
de haberme librado de ese uniforme que sólo infunde temor. Es hora de irse. Por
cierto, ¿Tienes algunas cerillas?
-Sí, creo que
ahí- dijo Lilia señalando a la sala donde guarda la comida.
-Nos podrían
venir bien, si necesitamos hacer fuego.
-¿Dónde has
pensado que deberíamos ir?- Preguntó Lilia.
-Pues la
verdad, no lo sé ¿Tienes familia fuera de Berlín que nos pudieran dar refugio?
A mí ya no me queda nadie.
-Sí, mi tía
Martha. Vive en un pueblo al sur, Kiefernhausen. Es un pueblo tranquilo, sin
mucho movimiento.
-Bien, iremos,
o mejor dicho, intentaremos llegar, no sabemos lo que nos encontraremos.
-¡Qué pesimista
eres! Debemos pensar que todo irá bien.
Con todo metido
en bolsas, fueron a la sala del pozo para bajar a las alcantarillas y empezar
la huida hacia Kiefernhausen.
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