viernes, 22 de agosto de 2014

Los niños muertos ya no lloran ©

Los niños muertos ya no lloran ©

Por R.R.Almeida

Las guerras son así ¿Verdad?
los niños lloran
mientras las bombas destruyen su hogar,
pero al poco tiempo ya no lloran más,
los niños muertos ya no lloran,
ni ríen, ni crecerán, les han robado su vida
por culpa de una guerra
en la que no han elegido entrar.

Sentados en sus despachos
los mandatarios jamás entenderán
el horror que sufren esos niños
que no volverán a llorar.
Arriba mandando y sin sufrir
mientras miles de niños mueren sin reír,
esos llantos ya no volverán a molestar,
porque los niños muertos ya no lloran.

Por favor, parad ya,
quiero escuchar a esos niños llorar.
Imaginad a vuestros hijos ahí,
recibiendo golpes y dolor,
quitándoles el derecho a reír
y obligándoles a llorar...
...pronto ya no podrán vivir,
sus llantos y lloros ya no volverán,
junto a su corta vida, que les acaban de cortar.
Los niños muertos ya no lloran, y jamás volverán.

jueves, 19 de junio de 2014

Si crees que puedes, puedes © (Primer capítulo)

Si crees que puedes, puedes © (Primer capítulo)

Ya que está puesta a la venta, aquí pongo el primer capítulo para que lo podáis leer y disfrutar.
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Capítulo I: ¿Podré salir de aquí?

No sé cómo acabé aquí, en este fétido y oscuro barrio de yonquis.
Probablemente el haber consumido cocaína sin discreción ha ayudado a llegar a esta situación. Con dieciocho años y no pudiendo pasar un maldito día sin consumir ese oscuro pero blanco polvo.
Me desperté bastante temprano en la chabola en la que vivo, la cual era de un colega. La mañana era calurosa, y más metido en un cuchitril como es la chabola.
Salí a la calle y, como no tenía ni siquiera un cigarro para fumarme, decidí ir al centro de la ciudad…para robar dinero, o cualquier cosa que pudiera cambiar por coca.
Todos los días parecían igual, robar, consumir, robar, consumir. Esa monotonía era insoportable, parecía una enfermedad crónica, nunca acababa, era una historia interminable…pero es lo que me he labrado por entra en este lúgubre mundo.
Fui andando hasta el centro de la ciudad, observando a la gente, buscando alguna persona débil y descuidada. Me fijé en una anciana que caminaba unos metros delante de mí. La fui siguiendo hasta que no había nadie más, y corrí hacia ella; agarré el bolso y de un tirón se lo quité. Continué corriendo como si me persiguiera una jauría de perros, mientras la anciana caía al suelo y pedía ayuda; no sentí el más mínimo remordimiento, sólo me importaba que el bolso contuviera algunos euros. Cuando ya estaba lejos y solo, abrí el bolso y lo registré…sólo tenía cincuenta euros y algo de calderilla; tiré el bolso en un contenedor y compré tabaco en un bar cercano. Me fumé un par de cigarros de camino al barrio, y una vez allí, compré un gramo de coca.
Estaba nervioso por las ganas de fumar ese amargo y blanco polvo…y aún lo tenía que cocinar para transformarlo en cocaína base. Me apresuré por llegar a mi chabola, y al entrar me senté en mi sofá, cogí una cuchara, volqué medio gramo en ella, y le añadí un poco de amoníaco y algo de agua. El pulso me temblaba y temía que se me cayera todo. Calenté la cuchara con un mechero hasta que pasó de ser cocaína cruda a ser base.
Con la ayuda de una servilleta de papel fui quitando el líquido que quedaba, y con otra sequé la blanca pasta. La piqué con una navaja y puse un poco en mi botella…cada vez temblaba más, sudaba y parecía que algún ser recorría mi cuerpo. Fumé de la botella y aquel maligno humo me calmó…aunque mi cuerpo sólo pedía que volviera a repetir.  En el fondo sabía que me estaba matando de una forma muy dolorosa y exasperante…aun así, el control al que me sometía esa amarga amante, inhibía todo intento de dejarlo. Fumé una vez más y me quedé tumbado en la cama un par de minutos. Cuando abrí los ojos, estaba un conocido del barrio, y por su cara apostaría que hoy aún no fumó nada.
-Tío- me dijo-  invítame a una calada, tengo un mono que me come por dentro.
Pensé en invitarle a una, alguna vez también me invitó…aunque más tarde probablemente me arrepentiré. Le dije que se sentara, y saqué otra botella, le eché un poco a él y yo también me cargué la mía. Nos la fumamos, pero él no parecía estar complacido, y yo no pensaba invitarle ni a una más.
-Venga tío- me dijo- invítame a otra más.
-¡No!- le grité- sal y búscate algo de pasta. Yo ya cogí un bolso, y me queda poco.
Él me agarro…el mono ya le estaba haciendo perder la cabeza, y como había visto antes, podía crear peleas en personas que se apreciaban mutuamente. Yo agarré su mano, la quité de mi brazo, y mirándole a los ojos le dije:
-Como me vuelvas a tocar, te comes el cenicero.
Si algo aprendí en los meses que llevo aquí, es que con el tipo de personas que vivimos esta vida, la confianza y la amistad pueden dar un giro de trescientos sesenta grados, y no se podía ceder lo más mínimo.
Se me encaró, agarré el cenicero de cristal que tenía a mano, y lo reventé contra su boca. Creo que le rompí algún diente…el cenicero se destrozó en mi mano, que sangraba bastante…aunque no tanto como su boca. No paraba de gritar, el muy cabrón.
-Te avisé- le dije mientras le pegaba un empujón para sacarlo de mi chabola- lárgate y no vuelvas.
Se fue corriendo y tapándose la boca…yo sabía que volvería, aquí la venganza es parte del almuerzo de cada día. Me fumé lo que me quedaba de base, que era apenas una calada, y salí a comprar un bocadillo. Después de gastarme lo que me quedaba en el bocata, volví a estar sin blanca…aunque aún me quedaba medio gramo.
Me comí el bocadillo de mortadela, y volví a mi chabola a fumarme el medio gramo que tenía guardado en el dobladillo inferior de la camiseta; lo guardo ahí siempre por si me para la policía…ahí nunca me lo encontraron. Entré en mi chabola, y repetí el proceso de cocinar la coca para que pasara a ser base, y empecé a fumar.
Cuando fumo, a veces pienso en mi vida antes de atarme esta piedra al cuello y saltar al mar…en mis colegas, mi familia, y en lo que creía que sería mi futuro. No pasó mucho tiempo, cuando me di cuenta que no quedaba nada de fumar…decidí salir para intentar robar algo.
Ya era de noche, el mejor momento para trabajar. Me dispuse a ir al centro de la ciudad, a una zona de pubs en la que los chavalitos iban a hacer botellón. Tardé media hora en llegar, pero había bastante gente bebiendo en los aparcamientos.
No quería tardar mucho en volver al barrio con algo de pasta, así que fui al callejón que usaban a modo de baño. Me puse la capucha de mi sudadera, metí las manos en los bolsillos, y con la mano derecha agarré mi navaja. Sólo vi un grupo de tres chavalas al que me acerqué. Al verme, sus caras cambiaron drásticamente; se notaba desconfianza y miedo en cada una de sus inocentes caras.
Con rapidez le puse la navaja a una en el cuello, y les dije que me dieran todo el dinero y lo que tuvieran de valor. No dudaron ni un segundo en dármelo, algo lógico viendo mi ropa y mi enmonada cara. En cuanto tuve todo el dinero y pendientes de oro en mis manos, salí de allí corriendo en dirección al barrio.
De camino pensaba en las chavalas a las que acababa de atracar, y me acordé de mi amiga de la infancia, tendrá una edad parecida a la de ellas…y a la mía. Era la primera vez que sentía algo parecido a los remordimientos…aunque desaparecieron fugazmente al comprar algo de coca y fumármela en mi triste chabola. Me resultó extraño que nadie apareciera por aquí…pero mejor, tenía coca, ¿Qué más podía necesitar? Cuando me quedaba apenas un par de caladas, me tumbé en la cama e intenté dormir; guardé las dos caladas para cuando despertara.
Dormitando pensaba en mi amiga de la infancia, y en las cosas que había hecho desde que me adentré en este mundo…sentí el remordimiento de aquellas acciones.
Al no poder dormir, me senté en la cama y preparé otra calada. Me la fumé, y volví a tumbarme para intentar conciliar el sueño.
Resultaba imposible, parecía que el recuerdo de mi amiga era la puerta hacia miles de recuerdos de toda mi joven vida…pensaba en el día que dejé mi pueblo, mi familia, mis amigos, y todo lo de mi alrededor para venir aquí, a este apestoso y caótico barrio…para poder estar más cerca de esa deseosa y odiosa amante que es la cocaína. El día que me atrapó completamente no lo recuerdo, nunca pensé en acabar aquí…pero aquí me encuentro. La pregunta que me hago todas las noches, y a la que no encuentro respuesta es ¿Podré salir de aquí? Entre tantos pensamientos me quedé dormido.
Sentí un golpe en la cara que me despertó. Abrí los ojos, y vi un puño darme otro golpe. Me incorporé y vi que era el idiota al que le partí un cenicero en la boca. Cogí un cuchillo que tenía a mano e intenté pincharle en el estómago. Retrocedió un par de pasos, y aproveché para ponerme de pie. Él saco una navaja e intentó cortarme, pero lo esquivé por suerte. Se notaba el odio en sus ojos…y en su boca.
-Lárgate de aquí- le dije- o acabarás muy mal…te lo aseguro.
A lo que me contestó con una carcajada y diciéndome:
-Estás muerto cabrón, te vas a arrepentir de haberme reventado la boca con el cenicero.
Me lanzó otra cuchillada, y con mi brazo izquierdo aparté su mano y le clavé mi cuchillo en su estómago. Su cara en ese momento estaba descompuesta de dolor…nunca la olvidaré.
Soltó la navaja, se tocó la sangrante herida, y retrocedió lentamente mientras miraba la sangre salir de su interior y junto a ella sus fuerzas. Alzó la cabeza para mirarme a los ojos, y terminó por desplomarse.
Le dije que se lo había advertido. Estaba tembloroso y cada vez más pálido. Parecía que quisiera decirme algo, pero en apenas un minuto, expiró su último aliento.
Dejé el cuchillo sobre la mesa, saqué el cadáver fuera, y lo dejé entre unos matorrales tras mi chabola. Me lavé las manos, y a continuación el cuchillo. Estaba bastante nervioso, por suerte me quedaba una fumada de la noche anterior. Me la fumé…pero el nerviosismo no cesaba.
Realmente no tenía de que preocuparme, él no tenía familia…nadie le echaría en falta, y dudo que alguien lo fuera a buscar…eso me recordó que si me pasara algo a mí, nadie me buscaría…ni mi familia, ni mis amigos, nadie se preocuparía por mí…porque nadie sabe dónde estoy. También pensé que cualquiera de estos días podría ser yo quien estuviera entre los matorrales muerto. Por primera vez en bastante tiempo, quería de verdad salir de aquí…pero cómo.
Mi cuerpo empezó a pedirme algo para calmarlo. Después de esta angustiosa noche, y de haberle quitado la vida a otra persona para defender la mía, comencé con mi monótona vida.
Caminé hasta el centro de la ciudad, a una zona en la que se reunían algunos chavales de familias adineradas. Siempre que caminaba por las calles, la gente de mí alrededor me miraba con cara de desprecio y miedo, cosa que no me extrañaba.  Cuando empiezas a vivir del modo que yo lo hacía, comienzas a despreocuparte de cosas que a cualquiera le pueden parecer de lo más normal, cosas como la higiene y la apariencia, comer bien todos los días, beber bastante agua, y muchas otras cosas. Desde que estás real y totalmente enganchado, sólo te preocupa una cosa…poder comprar todos los días ese atrayente polvo blanco. Para ello se hace lo que sea necesario, desde robar a viejas indefensas, a quitarles todo lo que tienen en los bolsillos los niñatos a los que los padres  les compran todo lo que piden…da igual, lo que sea con tal de conseguir dinero para calmar los nervios que recorren el cuerpo cuando el mono se empieza a despertar.
Caminando a paso ligero llegué a la zona de reunión de los chavalitos; hacía cuatro meses que no pasaba por aquí. Observé a quienes estaban por los alrededores y me centré en un grupito de cuatro niños. Me acerqué con la navaja en la mano, y sin decir nada, les metí la mano que me quedaba libre en sus bolsillos y saqué todo lo que tenían; algo de dinero, unos móviles y unas cadenas de oro. Estaban literalmente temblando de miedo. Sin decir nada me fui de allí rápidamente, y volví al barrio a cambiar todo lo que conseguí por coca; el dinero lo guardaría para más tarde.
No tardé mucho en volver al barrio…ni en cambiar los móviles y el oro, por los que me dieron cuatro gramos. Me encerré en mi chabola, cociné un gramo y me lo fumé bastante rápido.
Se me ocurrió pasarme por casa de un coleguita del barrio al que llaman Navaja, y que siempre disponía de alguna chavalita que me pudiera dar placer a cambio de algo de polvo.
Fui a casa de mi coleguita, la cual no está muy lejos de mi chabola. Al llegar llamé a la puerta y escuché al Navaja preguntar:
-¿Quién es?
-¡Yo, abre la puerta!
A los pocos segundos me abrió la puerta y pasé. La pequeña casa seguía igual que siempre, dos sofás, una mesa, y los utensilios para cocinar la coca junto a las botellas para fumar.
Sentados en el sofá se encontraban un hombre al que nunca había visto antes, y la Niña, una joven asidua al barrio por el gran enganche que tenía a la cocaína y heroína; le decimos la Niña por su corta edad, diecisiete años.
El Navaja se sentó en una punta, y yo entre él y la niña. Saqué un medio, y le pedí una cuchara al Navaja; preparé la base y fumé una calada junto a mi coleguita. Lo que tenía pensado era fumar, beber algo y follarme a la niña…o al menos que me la chupase como otras tantas veces.
Invité al Navaja y a la niña a una calada…al otro no, no lo conocía de nada. El desconocido también le dio una a cada uno y se fumó la otra; acto seguido el Navaja le dijo a la niña:
-Venga, métete debajo de la mesa a trabajar.
La Niña se arrodilló y se puso bajo la mesa que estaba tapada por un gran mantel. Yo ya sabía que ocurriría a continuación. Cuando la Niña pasa a estar debajo de la mesa, es para darle un repaso a todos los que están sentados en torno a ella. Sé que puede parecer algo asqueroso y denigrante para ella, pero a mí me importa una mierda, y a ella también con tal de poder drogarse. Haría eso y mucho más. Los tres disfrutamos del trabajito de la Niña, y se lo agradecimos volviéndola a invitar.
Pasamos un rato charlando, fumando y disfrutando del magnífico don de la Niña para esos trabajos bajos.
El tipo desconocido era abogado…quién lo pensaría viéndolo aquí, aunque no era el único que conocí en el barrio…he conocido desde yonquis, camellos, y putas, hasta abogados, policías, dentistas, y médicos, sin contar otro gran abanico de oficios que pasaban por el barrio…así me di cuenta que no te puedes fiar de las apariencias…aunque a veces es mejor hacerlo.
Después de estar fumando junto a la Niña, el Navaja, y el abogado, decidí comprar más y volver a mi chabola…aún tenía que enterrar al bastardo que intentó matarme.
Compré un gramo más, y fui directo a mi hogar…el mío y el de decenas de insectos y pequeños roedores. Antes de enterrar al despojo humano que yacía tras mi chabola, me fumaría una buena calada; tras esa calada, cogí la pala que guardaba bajo la cama, y salí.
Arrastré el cadáver unos cuantos metros más al fondo y cavé una pequeña zanja, justo para que cupiese; lo tiré dentro y lo enterré. Este esfuerzo me dejó bastante cansado, así que volví al interior de la pequeña chabola. Una vez dentro, preparé un poco más de base, me la fumé, e intenté dormir un poco y dejar el día atrás.
Cuando desperté, me puse a pensar en el sueño que acababa de soñar…mientras me preparaba una fumada, por supuesto. Soñé con mi amiga de la infancia, pero porqué con ella; éramos como hermanos, hasta que me fui de mi pequeño pueblo sin avisar a nadie. Con ella me fumé mi primer porro…aunque ella nunca pasó de ahí. Yo poco después probé la cocaína, y tras varios fines de semana consumiendo, llegó el día en el que no podía salir de fiesta sin esnifar ese amargo polvo. Aún recuerdo cuando decía que no pasaba nada, que sólo era para divertirme…y cuántas mañanas me desperté con mi cara sobre la almohada encharcada en sangre que salía por mi nariz. Mi amiga siempre odió la cocaína, aunque nunca supo que yo consumía. Quizá por eso sueño con ella, con su voz pidiéndome que salga de aquí, de este asqueroso mundo de muertos en vida. Tras unas cuantas fumadas y un momento de recuerdos nostálgicos, debía salir a buscar algo para comer, y comprar algo más de coca; aún me quedaban algunos euros de los niños pijos.
Compré un bocadillo de mortadela, y cuando iba a comprar medio gramo, me encontré con un par de chavales que nunca antes vi por aquí; un gordo y un delgaducho. Se veía que estaban buscando algo con lo que colocarse. Me acerqué, y les pregunté:
-¿Queréis algo de coca buena?
-Sí- respondió uno de ellos- Estábamos buscando a nuestro tío que vive por aquí, pero no está en casa.
A mí me importa una mierda sus historias y quién fuera su tío. A ver si logro sacarles algo.
-Vale, ¿Cuánto queréis?
-Un pollo. Cincuenta euros, ¿no?
-Sí, trae el dinero y esperad aquí, volveré en un par de minutos.
Los chavales se miraron y probablemente pensaron, ¿Nos fiamos? Uno de ellos sacó un billete y me lo dio. Rápidamente me acerqué un par de calles más arriba y compré algo de corte, que era básicamente laxante; también compré un gramo para mí. Volví y les di una bolsita con un gramo de corte, que se vendía muy barato…eso les pasa por fiarse de mí sin conocerme de nada. Me despedí de ellos y me fui a pillar un poco de heroína para mezclarla con algo de base y fumármela en un trocito de papel de plata. Deseoso de fumar el “rebujao”, que es como se le llama a esta mezcla, no tarde mucho en llegar a mi triste chabola.
Repetí la monótona tarea de transformar la coca en base, y en un rectángulo de papel de plata puse un poco de base y heroína, quemé la parte de abajo, y mientras esa oscura gota iba recorriendo todo el papel, yo aspiraba el humo que desprendía con la ayuda de un tubito; tras darle un par de fumada más, me tumbé y comencé de nuevo a tener pensamientos nostálgicos de mi añorada amiga. También pensé en las ganas de salir de aquí, y en cómo podía mi enganche a la droga controlarme como a una marioneta.
En lo más profundo de mi ser, quería salir de este maldito mundo, y tener una vida normal; amigos, una casa, un trabajo, una familia, una tele, un coche…lo que se supone que es una vida normal…especialmente ser libre, no estar encadenado a una malévola sustancia que no hacía otra cosa que destruirme…pero no consigo evitar las ganas de fumar, y pienso que viviendo aquí jamás lo conseguiré. Volví a hacerme la pregunta que tantas veces me hice… ¿Podré salir de aquí?...eso espero. Me preparé otra calada, y cuando estaba fumándomela, un colega entró en mi chabola. Era un colega de un pueblo cercano a la ciudad, que venía habitualmente aquí a fumar, y siempre me invitaba.
-¡Coño, tío, ¿Qué haces aquí?!- le pregunté a mi colega.
-Pues a pasar un rato aquí contigo. Toma- me dijo dándome un billete de cincuenta euros- tráete un buen gramo.
Cogí el dinero, y salí en busca del gramo. Me acerqué a la casa donde compraba la mayoría de las veces, y a la que llevaba algo de clientela que me encontraba por el barrio. Mientras caminaba hacia la casa, me topé con una mujer del barrio, amiga mía, y también enganchada…mayormente a la heroína inyectada. La saludé, y la invité a pasar un rato en mi chabola. Me dijo que iba a comprar algo de caballo, y se pasaría por allí; yo continué mi camino. Compré el gramo de coca, y volví escopetado para fumar con mi colega.
-¡Ya estoy aquí!- exclamé.
-Bien, trae la coca, yo la cocino.
Se la di, y en apenas un par de minutos ya estábamos cargando las botellas para fumar. Justo cuando terminamos de fumárnosla, entró mi amiga del barrio. Muchas tardes las pasaba con ella, aunque no me gustaba nada que se chutara…la dejaba como una mierda. Mi colega y yo la saludamos, y ella se sentó a mi lado.
-Voy a prepararme un chute- dijo ella- no aguanto más, y llevo desde la mañana sin meterme nada en el cuerpo.
-Nosotros preparemos otra fumada- dijo mi colega.
Volcamos un poco más de base en la botella, y nos la fumamos. Mientras, mi amiga del barrio preparaba la heroína en la cuchara para inyectársela; se rodeó el brazo con una cuerda elástica, y se la inyectó. Cayó hacia atrás sin apenas darle tiempo a sacarse la jeringuilla. Le había pasado muchas veces, y casi siempre estaba yo al lado de ella…le saqué la aguja, y apreté con un papel en la herida que le provocó; al poco tiempo volvió a incorporarse.
-¡Uff!- exclamó ella- cómo me ha subido.
-Cualquier día…no te levantarás más- le dije a mi amiga- y lo malo es que seguro estoy a tu lado.
-Joder tío- replicó ella- no digas eso.
-Toma- le dije ofreciéndole mi botella- fuma un poco.
-Gracias.
Mi colega cargó su botella también, y fumaron una calada de base, mientras yo le daba otra fumada a la plata. Comenzó a anochecer, y el calor empezaba a darle paso al frío nocturno.
-Que bien que llega el fresquito- comentó mi amiga.
-Sí- dije yo- este calor es inhumano.
-Bueno- dijo mi colega- ya que ha oscurecido, voy a ir tirando para casa.
-Venga, nos vemos- le dijimos ambos al unísono.
Ya estando los dos solos, preparé un par de fumadas más, y aspiramos el humo de las botellas como si no hubiéramos fumado en días.
-Voy a por medio gramos más- le dije a mi amiga.
-Vale, te espero aquí.
-Compraré también un par de bocadillos.
-No tengo mucha hambre, pero vale.
Salí de mi chabola rumbo a casa del camello. De camino a ella, pensé sobre lo duro que sería estar enganchado a la heroína también…menos mal que nunca la he querido probar intravenosa…si la cocaína base me crea un mono por el cual sería capaz de cualquier cosa con tal de calmarlo… ¿Qué haría si estuviera así? Cada segundo que pasa, hay una parte de mi cerebro que me grita ¡Huye!...pero la parte que está total y completamente enganchada a esta mierda, que es la mayor, hace que la otra huya. Es como el ángel y el demonio que metafóricamente están en nuestros hombros, no pueden convivir juntos, y uno de ellos debe morir, sólo espero que el ángel no acabe por suicidarse.
Compré el medio gramo, y me dirigí a la tienda a por un par de bocadillos de mortadela; también compré un batido de chocolate y un rollo de papel de plata con el dinero que me sobró.
Caminé hacia mi chabola, y al entrar vi a mi amiga del barrio tumbada, y con la jeringuilla clavada al brazo. Me acerqué para quitársela y me dijo:
-¡No me pegues por favor!
Me quedé asombrado con esa frase…jamás le puse una mano encima.
-¿¡Qué!? No te voy a hacer nada, soy yo.
-¡Llévatelo todo, no me pegues!
-Pero qué dices, ¡estás delirando!
En ese instante comenzó a bajar el tono de su voz, y los labios y uñas iban pasando a un tono azulado. Me di cuenta que le estaba dando una sobredosis, y no podía dejar que se durmiese. La abofeteé en la cara para que reaccionase…pero era inútil. Sus brazos y una de sus piernas comenzaron a sufrir espasmos…todo iba a peor. No paraba de preguntarme qué debería hacer, me estaba quedando paralizado al verla así…finalmente se quedó inmóvil. Le tomé el pulso, y era casi inexistente…poco tiempo después, su corazón dejo de latir. Me senté a su lado, la miré, y lo único que se me pasó por la cabeza fue pegarme una fumada bien grande. Parecía que mi mente trataba de huir de la realidad. Preparé la cocaína, me fumé dos caladas seguidas, y tras estar tumbado unos minutos, decidí sacar el cadáver de mi amiga fuera de mi chabola…no podía dejarlo aquí, ni llamar a nadie…mañana lo encontrará alguien.
Saqué el cadáver de mi amiga, y lo arrastré, sin que me viera nadie, a un muro cercano; deje la jeringuilla junto a la cuchara, y me volví a mi chabola. Allí me tumbé en la cama, intenté dormir, pero me era imposible. Debía salir de aquí…pero ¿cómo? Tras varias horas de tortura mental, logré quedarme dormido.
Desperté por un alboroto que provenía de fuera. Me levanté, y me asomé…estaba la policía; no había duda de porqué estaban allí. Salí de mi chabola, e intenté pasar desapercibido entre las personas. Observé el cadáver de mi amiga dentro de una bolsa de plástico negra, y antes de que hicieran alguna pregunta, decidí salir del barrio, y buscar algo de pasta para pasar el día.
La mañana estaba siendo muy calurosa, y empeoraba con el paso del tiempo. Mientras caminaba por la ciudad, pensaba en mi amiga del barrio…sentía algo parecido a los remordimientos, no porque fuera mi culpa, si no por no haber hecho nada…aunque ¿Qué podría haber hecho yo? También se paseaba por mi mente la posibilidad de que fuera yo quien estuviese tirado en un descampado entre los matojos…ella se chutaba, además de consumir lo mismo que yo, pero eso sólo significaba que mi sufrimiento sería más largo…igualmente acabaría en una bolsa de plástico negra. Jamás podré olvidar la imagen de su cuerpo en el suelo, la jeringuilla clavada, su cara azulada, y todos los momentos que pasamos juntos. Por primera vez creo tener fuerzas para intentar dejar este oscuro, caótico, y nauseabundo mundo. Caminando sin rumbo pensaba en cuál sería el primer paso para salir de aquí. Sin una mínima estabilidad no sería capaz.
Callejeando acabé en una calle en la que sólo se veía una chica de espaldas dirigiéndose a un bloque de pisos. Me puse la capucha de mi sudadera, saqué la navaja de mi sucio pantalón, y me acerqué a ella; llegué justo cuando abrió la puerta. La agarré por detrás, la empujé dentro del bloque de pisos, y la apunté con mi navaja. Ella se dio la vuelta, y quedé estupefacto al ver su rostro…era mi amiga de la infancia.
El tiempo se detuvo, o eso me pareció a mí al pasar tantas cosas por mi mente…tantos momentos felices, momentos en los que disfrutábamos sólo con la compañía, grandes momentos de risas y diversión, y todo ello sin tener que estar abrazado a la odiosa amante que es la cocaína. También sentí una vergüenza descomunal porque me viera así…
Su rostro también estaba paralizado… ¿Qué se le estará pasando por la cabeza? El tiempo comenzó a trascurrir de nuevo al escuchar su inolvidable voz decirme:
-¿Eres tú?
Al escucharla, y no sé por qué, salí corriendo sin mirar atrás; no paré hasta estar unas calles más lejos. Me empecé a hacer diversas preguntas:
¿Qué pensará de mí? ¿La volvería a ver? ¿Querrá verme? ¿Por qué me fui de ahí, si estoy deseoso de hablar con ella? No sabía qué hacer, así que me senté en la acera, puse mis manos en mi cara, y me quedé pensando qué hacer. Por primera vez en mucho tiempo, no sentía la necesidad de fumar base, otras sensaciones recorrían mi cuerpo. La vergüenza de que me vieran así, la tristeza de estar como estoy, y la impotencia de no saber qué hacer en esta situación. Noté a alguien agacharse frente a mí. Levanté la mirada, y ahí estaba…Lara. Mirándome con sus grandes y preciosos ojos verdes, y con su larga melena morena ondeando al viento, me dijo mientras me abrazaba:
-Sabía que eras tú.
-Lara- le dije con voz temblorosa- …no sé qué decir.
-Pues yo tengo tantas preguntas que hacerte…empezando por  dónde has estado. Hace muchísimo que desapareciste.
-Ya me ves, la cocaína me ha consumido como el fuego al papel.
-Y… ¿Dónde vives?
-En una chabola que está en un barrio lleno de drogadictos y camellos…no es muy aconsejable vivir ahí.
Se notaba el asombro en su cara mientras una lágrima descendía por su rostro.
-No llores- le dije- no merece la pena hacerlo por mí, yo solo me metí aquí.
-¿Cómo dices eso? Me entristece verte así. Hemos crecido juntos, toda nuestra infancia y parte de nuestra adolescencia. Me he preguntado todo este tiempo si estarías bien o no.
-Bueno, digamos que he estado sobreviviendo, y a la vez suicidándome lentamente con la cocaína.
-Vayamos a mi casa, te daré algo de ropa y tomaremos un café. Tienes mucho que contarme.
Acepté, aunque me costó decirle que sí…seguía estando avergonzado.
De camino a su casa charlábamos sobre la infancia, nuestras trastadas y todo lo que hacíamos por aquella época. Parecía mentira, pero ese rato lo pasé bien, y nuestra amistad parecía seguir exactamente igual que antes de mi marcha; tampoco me acordaba de la cocaína, sólo de los buenos momentos que pasamos juntos, Lara y yo. Por el camino también me habló acerca de lo que estuvo haciendo. Su padre le está pagando un piso y la universidad, junto a todos los gastos. Es su primer año, y seguro lo aprobará, siempre ha sido muy inteligente, y nunca le faltaron ganas de estudiar.
Entramos en el portal de su bloque, y subimos en ascensor hasta el piso cuarto; abrió su puerta y entramos. El piso era acogedor, con un par de habitaciones, el baño, y el salón junto a la cocina. Nos sentamos en el sofá, y ella se levantó y dijo:
-¡Ups! Los cafés, se me olvidaba hacerlos.
Se levantó y fue a la cocina a prepararlos. La situación parecía muy extraña, no recuerdo cuándo fue la última vez que quedé con alguien para tomar algo que no fuera una fumada. La verdad que se está bien aquí sentado, esperando un café de una antigua amiga…me gustaría tener más momentos como este, y no como los del barrio…no quiero esa vida, quiero ésta. Lara llegó sosteniendo una bandeja sobre la que llevaba dos tazas, una jarra con café, un azucarero, y un cartón de leche.
-¿Quieres leche, o solo?- me preguntó.
-Solo, y con dos cucharillas de azúcar.
Me lo sirvió y le di las gracias; ella vertió un poco de leche en el suyo.
-Bueno- dijo Lara- tienes mucho que contarme.
-¿Por dónde empezar?
-Qué tal por cuando decidiste marcharte del pueblo.
-Creo que es lo más lógico.


R.R.Almeida - 2014 todos los derechos reservados.

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domingo, 4 de mayo de 2014

Madre ©

Madre

Por R.R.Almeida

Madre, eres la mejor,
tres meses sin crear nada,
pero en tú día me das la inspiración.
Madre me diste la vida,
madre me diste una educación,
madre por ti creo esta poesía,
y gracias a ti sigo en esta vida.

No tengo dinero, pero sí una misión,
sacar una sonrisa y regalarte esta sensación.
Eres la mejor madre que pudo existir
jamás hubiera preferido otra,
mil veces te volvería a elegir.

La única que siempre creyó en mí,
la única que siempre estuvo ahí,
la única a la que siempre querré,
la única por la que mataré.

Madre, qué más decir,
eres la expresión física de lo que es el amor,
siempre dándolo todo por tus hijos,
aunque te hayamos traído uno o más disgustos.
Sé que siempre seguirás ahí...y puede que ese sea el consuelo para vivir.

martes, 25 de marzo de 2014

Antología La voz y la palabra (Vol. 1)

Antología La voz y la palabra (Vol. 1)





Me complace anunciar que ya está a la venta el eBook (Formato epub - mobi - pdf) "Antología La voz y la palabra (Vol. 1)" Una antología que recoge los textos ganadores y finalistas del certamen literario "La voz y la palabra" organizado por Universo La Maga. Al llegar a un mínimo de 200€ se editará la versión física de esta magnífica antología de la que formo parte con mi microrrelato "Adicción", con el que quedé ganador de ésta categoría.

La página en el que podéis comprar, o regalar, este eBook es https://byeink.com/b/lP ¡¡¡Por sólo 1.55€!!!

Nada más que decir, salvo dar las gracias a todos los que votasteis por mí, y a Universo La Maga por organizar este certamen.

jueves, 30 de enero de 2014

ERI - El Rompido Independiente

He creado un espacio en la página para poner los cambios que vaya haciendo en el Videojuego RPG-2D "ERI - El Rompido Independiente" Podéis verlo en la parte de arriba, o pulsando en el siguiente enlace.

http://www.rralmeida.com/p/eri-el-rompido-independiente.html

sábado, 14 de diciembre de 2013

Sombras nocturnas © (Primer capítulo)

He decidido compartir con todos vosotros el primer capítulo de mi primera novela acabada hace ya un par de años.

Se titula "Sombras nocturnas" y cuenta la historia de Kurt, un joven policía de la Alemania Nazi de Hitler, que no puede soportar más lo que el Führer está haciendo con Alemania y gran parte de su población.

Espero que disfrutéis leyendo este primer capítulo titulado "Cambios drásticos"

"Sombras nocturnas" 

Por R.R.Almeida

Capítulo I: Cambios drásticos

En la oscura época nazi de Alemania, un joven policía de veintisiete años llamado Kurt Werstein, iba de patrulla por las calles de Berlín, junto a dos compañeros, Albert y Martin, cuando vieron una joven.
-Chicos, mirad que camina por ahí, es una cerda judía- dijo Martin.
-Pararla y subámosla, vamos a divertirnos un rato- dijo Albert.
Kurt permanecía callado, pues aun siendo policía, no estaba muy de acuerdo con la política del Führer, pero claro, no podía sacarlas a la luz…le costaría la vida, o algo peor.
-Eh tú, ven aquí- dijo Martin.
-Yo no he hecho nada señor- dijo la joven.
-Eres judía verdad, con eso ya has hecho bastante maldita cerda- dijo Albert.
La metieron en la parte de atrás del vehículo, condujeron un poco más adelante y giraron hacia un callejón, allí aparcaron; Albert y Martin salieron del vehículo.
Albert sacaba a la joven agarrada del brazo, la tiró al suelo y dijo mientras se bajaba los pantalones:
-Vamos cerda judía, haz lo que tú sabes.
La joven, tirada en el suelo y llorando, decía:
-Señor, yo no he hecho nada.
No paraba de repetir la misma frase, se notaba que estaba muy asustada; los dos policías, Albert y Martin, agarraron a la joven  y mientras uno la sujetaba y golpeaba para que se estuviera quieta, el otro la violaba brutalmente; primero Albert y después Martin. No pararon de darle golpes hasta que la joven estaba casi inconsciente.
Cuando terminaron,  vieron a Kurt  que estaba sentado en el coche, y Albert le preguntó:
-¿Qué pasa, no quieres divertirte un rato? Tú siempre igual.
Kurt sólo pensaba en lo que sus compañeros acababan de hacer, que no era la primera vez. Él no estaba de acuerdo con ese tipo de cosas, pero era incapaz de hacer nada.
Albert al ver que Kurt no contestaba, le dijo a Martin:
-Y ahora ¿Qué hacemos con esta cerda judía?, ha quedado peor de lo que pensaba.
-Ya no sirve de nada, pégale un tiro y dejémosla ahí tirada, a nadie le importa una judía muerta, además, le haremos un favor- le respondió Martin.
-No, no vale ni el metal del que está echa la bala, será más barato cortarle el cuello como una cerda que es- dijo Albert.
La joven, agotada en el suelo, casi sin aliento y  apunto de desmayarse  por los golpes que recibió mientras la violaban, intentaba decir algo. Con una voz casi apagada de la que solo se entendía una frase, “No he hecho nada”. Albert cogió un cuchillo del coche, se acercó a la joven, la agarro por el pelo y tiro hacia atrás la cabeza, puso la punta del cuchillo en el cuello de la joven y mientras le fue cortando el cuello poco a poco le susurró al oído:
-Púdrete en el infierno cerda judía.
Soltó a la chica que cayó desplomada en el suelo, sangrando como si de un río de sangre se tratara.
-Listo, ya podemos irnos- dijo Albert.
-¿Quieres un cigarro Albert?- preguntó Martin.
-Sí, es justo lo que necesito ahora, pero primero déjame que me limpie la sangre del cuchillo, y de las manos- respondió Albert.
Albert y Martin se encendieron un cigarro y subieron al coche. Albert arranco el coche y fue saliendo del callejón.
Mientras, Kurt echaba una mirada hacia atrás y veía a la joven, muerta, semidesnuda y en un charco de sangre.
Cuando Kurt volvió a su casa, en la que vivía solo desde que su mujer desapareció hace unos meses, estaba muy enfadado consigo mismo por la impotencia que le entró esa tarde en el callejón con sus compañeros, Albert y Martin; pensó que debió hacer algo.
Desde que el Führer llegó al poder, la policía ya no se dedicaba a ayudar, eran como los perros de la Gestapo, todo el día buscando imprentas ilegales de propaganda contra el partido nazi, deteniendo a gente inocente que su único delito era ser de una religión o un color distinto, y cosas por el estilo.
Kurt se hizo algo de comer, se duchó y se fue a la cama. Tumbado en ella no paraba de pensar en esa tarde, en esa joven de la que ni sabía el nombre, en lo cabrones y despiadados que eran sus compañeros, y la gran mayoría de la policía que conocía.
-No puedo permitirlo más- pensó Kurt- pero, ¿Qué hago?, ¿Cómo reaccionar ante esos dos cabrones?, si les digo que no lo hagan me dirán que solo son judías y que no valen nada, que a nadie les importa. Pero esas personas también tienen familia, y no creo que sean seres inferiores. Lo que tengo claro es que no  me quedaré quieto la próxima vez, mi conciencia no me lo permitiría, pensaré algo por si llega la ocasión…que llegará.
Entre tanto pensamiento se quedó dormido.
A la mañana siguiente se despertó tarde. Andaba aún adormilado así que se fue a la ducha para despejarse un poco; después desayunó y se puso el uniforme.
Salió de su casa aun dándole vueltas a la cabeza, tenía la imagen de la joven ensangrentada y tirada en el suelo, grabada en el cerebro.
Caminó a la comisaria, que ya llegaba tarde, y en la entrada se encontró a Albert y Martin que estaban subiendo al coche.
-¡Kurt! Vamos joder, ya nos preguntábamos dónde estabas- dijo Martin.
-Perdón, me quede un poco dormido, ayer no descansé muy bien.
-Venga monta, tenemos que registrar una casa, el vecino avisó que anoche se vio mucho movimiento- dijo Albert.
Por el camino hablaban:
-A ver que nos encontramos- comentó Martin.
-Puede no ser nada, últimamente hay muchas denuncias por nada- dijo Kurt.
-¿Cómo que no será nada?, si por la noche está entrando y saliendo gente, puede ser una imprenta o quizás planean un atentado- dijo Albert.
-Seguro es un burdel lleno de putas- añadió Martin.
-Sí, estaría bien que fuera un burdel, así podremos “comisar” algo de mercancía para probarla y divertirnos un rato- dijo Albert riendo.
-Sea lo que sea ya lo veremos y de ser así nuestro deber es llevarlas a comisaria- dijo Kurt.
-Joder, ¿nunca te quieres divertir o qué? Nuestro deber es proteger al pueblo alemán de basuras como esas, y si de paso nos divertimos, pues mejor- dijo Albert.
-Bueno, tranquilos, ahora veremos que nos encontramos, no vale de nada divagar- finalizó Martin.
Kurt, cada vez más enfadado con sus compañeros y con la política que se vivía en Alemania, con la que no estaba nada de acuerdo, pensaba que ojala no fuera nada ni un burdel ni nada parecido, ya que escuchando a Albert sabía que aria algo y él no lo permitiría, aún no sabía cómo, pero no lo permitiría más; el resto del camino, que no fue muy largo, se mantuvieron callados.
Aparcaron delante de la puerta, bajaron y se acercaron a la puerta; Albert llamo con tres golpes a la puerta y dijo:
¡Policía, abran la puerta!
A los pocos segundos abrió la puerta una joven judía.
-Venimos a hacer un registro- dijo Albert mientras apartaba a la chica con el brazo y entraba en la casa.
-Yo no he hecho nada señor- dijo la joven.
En ese momento, cuando escucho esa frase, Kurt recordó a la chica que sus compañeros violaron y mataron el día anterior.
-Aquí somos nosotros quienes decidiremos eso- dijo Albert.
-Yo mirare arriba- dijo Martin.
-Vale, yo mirare por aquí. Kurt, tú ve por esas escaleras que parecen llevar al sótano-  dijo Albert.
-Vale, bajare a echar un vistazo y subo- dijo Kurt.
Kurt fue a las escaleras y pulsó el interruptor de la luz, pero no se encendió.
-¿No funciona la luz aquí?- pregunto Kurt a la joven.
-No señor- respondió ella.
-Usaré la linterna que está en el coche.
Kurt fue al coche a por la linterna y volvió a las escaleras. Encendió la linterna y comenzó a bajarlas, el sótano era grande, y con la luz de la linterna no podía apreciar todo, fue mirando cosas. Había muchas cajas de madera y cartón, una pequeña mesa con un par de sillas, unas mantas en el suelo con pinta de ser usadas para dormir, y un plato junto a un vaso, sucios, cerca de las mantas; Kurt pensó que escondían alguien allí, esas mantas, el plato y el vaso, era muy sospechoso, pero no había nadie. Se decidió a subir las escaleras, cuando escucho un ruido como de dos rocas rozándose, apuntó con la linterna y la pistola hacia donde escuchó el ruido, y dijo:
-Policía, ¿hay alguien ahí?
 No se escuchó nada, solo se veía unas cajas de cartón, se acercó lentamente y las apartó, había una pequeña pintura con forma de pergamino, tenía pintados en relieve los números del cero al nueve, los símbolos de sumar y restar, dos triángulos, una calavera y una hoz, Kurt pasó la mano por encima y notó que se podían pulsar, como si fueran uno botones, le resultó extraño, pero al no ver a nadie, se dirigió a subir las escaleras.
Al subir, vio a Albert sentado en una silla y la chica de pie.
-¿Algo por abajo Kurt?- dijo Albert.
-Nada, solo cajas- respondió Kurt.
Kurt no pensaba decir nada de las mantas ni del plato y el vaso, desde esa mañana había perdido el poco respeto que le quedaba hacia la policía, y hacia sus dos compañeros.
-Esperemos a Martin, yo he estado hablando con esta judía, pero no quiere decir nada, habrá que interrogarla más a fondo en una de esas habitaciones de ahí- dijo Albert.
-Yo lo haré, vamos, ven conmigo a la habitación- dijo Kurt.
Kurt no pensaba dejar a solas a esa chica con ninguno de sus compañeros.
-Que ¿te quieres divertir hoy? está bien, ayer nos divertimos nosotros- dijo Albert.
Kurt  cogió por el brazo a la chica y fueron a la habitación.
-Yo subo a ver a Martin que está tardando mucho- dijo Albert.
Kurt y la chica entraron en la habitación en la que había una cama y una pequeña mesita.
-Siéntate, no te preocupes, no te voy a hacer nada- dijo Kurt.
-Aquí no hacemos nada malo- dijo la chica.
-Bueno, primero dime tu nombre- dijo Kurt.
-Lilia.
-Bonito nombre. Bueno Lilia, abajo he visto unas mantas, puesta a modo de cama ¿Estas escondiendo a alguien?
-No señor
-Ya, bueno, lo creas o no, intento ayudarte ¿Hay alguien más en la casa?
Kurt quería saber si había alguien más en casa para evitar que le hicieran algo.
-No, ahora estoy sola, mi hermano está trabajando en la fábrica.
-¿Y no escondéis nada?
-No señor.
-¿Y la gente que entran de noche y salen antes del amanecer? Dímelo, de verdad, solo intento ayudarte.
-Perdone señor, pero sería la primera vez que la policía me ayude…a una judía.
-No soy como los demás policías, no estoy de acuerdo con la política de Hitler.
-Sí, se nota que no eres como los demás…o quizás me estás diciendo todo eso para que confíe en ti. La policía mato a mis padres como si fueran unos perros, ¿Cómo puedo confiar en ella?
-Lo siento, te comprendo, pero no todos somos iguales.
-Habrá que verlo.
De repente se escuchó un disparo en el piso de arriba.
-¡¿Qué fue eso?! Espérate aquí- dijo Kurt.
Salió de la habitación, la cerró desde fuera con la silla en la que antes estaba sentado Albert y empezó a subir las escaleras lentamente con la pistola en la mano cuando se escuchó otro disparo, se apresuró a ir a dónde provenía el disparo y se encontró a Martin en el suelo con los pantalones bajados y sangrando por la entrepierna; en el suelo, yacía una joven que parecía muerta por un tiro en la cabeza y a Albert de pie, con la pistola en la mano, apuntando a Martin a la cabeza.
-¡Que ha pasado aquí!- dijo Kurt.
 -La cerda esa, le ha pegado un mordisco y le ha arrancado la polla, yo al verlo, saque la pistola y le pegue un tiro, poco después otro para rematarla- dijo Albert.
-Y ¿por qué apuntas a Martin?- preguntó Kurt.
-Antes de desmayarse me dijo que así no se merece vivir, solo le voy a hacer un favor- comentó Albert.
Apretó el gatillo y la sangre de Martin salpicó a ambos.
-Y ahora voy a ver a la otra puta judía, ¿está en la habitación donde entraste?
Kurt, que estaba paralizado después de ver a Albert disparando a Martin, la chica muerta y toda la sangre salpicarle la cara, no pudo ni decir palabra.
-Tú como siempre, con esa cara de idiota y más callado que un mudo, ¡Aprende ya de qué va esto!- dijo Albert.
Aparto a Kurt con el brazo, salió y fue bajando las escaleras, Kurt reaccionó y fue rápido tras Albert.
-Ven aquí puta, tú vas a pagar todo lo ocurrido- dijo Albert a Lilia.
-No me mate, no quiero morir- dijo Lilia.
-No te preocupes por eso, preocúpate por lo que te ocurrirá antes de que te mate- dijo Albert.
Albert golpeó a Lilia en la cara con un golpe fuerte y ella cayó en la cama, Albert se empezó a quitar la correa de los pantalones y en ese momento, Kurt apareció por detrás con un cuchillo en la mano y rápidamente agarro la cabeza de Albert por detrás y le corto el cuello a la vez que le dijo:
-Eres tú el que vale menos que el metal de una bala.
La sangre salpicó a Lilia, que estaba en la cama mirando la cara de Kurt que parecía llena de ira.
-Te creo- dijo Lilia mientras se limpiaba la sangre con las sábanas.
-¿Cómo?- preguntó Kurt limpiando el cuchillo en las sábanas también.
-Que creo que no eres como los otros policías, ninguno mataría a su compañero por salvar a una judía, Gracias.
-No es nada, es lo que debía hacer, como ya te dije no estoy de acuerdo con estos métodos y mi conciencia no me lo permitiría, antes que judía eres humana.
-¿Y arriba que pasó? Estaba Sara, una amiga que íbamos a esconder esta noche, la acusaban de prostituta.
-El otro policía la quiso violar y bueno, digamos que lo dejo impedido de por vida (dijo Kurt riéndose ligeramente), luego este de aquí dijo que antes de desmayarse, Martin le dijo que no quería vivir y le pegó un tiro en la cabeza.
-Pobre, no merecía morir, como todas las demás personas que han ido cayendo durante este tiempo.
-Los vecinos quizás escucharon los disparos y avisaron a una patrulla, ahora será mejor irse y esconderse, o acabaremos muertos también, pero ¿Dónde podríamos ir?
-Se dónde podemos escondernos, y rápidamente, vamos al sótano.
-¿Al sótano? Si no hay nada.
-Que no veas algo no significa que no esté ahí.
Kurt cogió el arma de Albert y bajaron al sótano.
-Déjame la linterna- dijo Lilia.
Kurt le dio la linterna y fueron hacia la pequeña pintura de pergamino con botones y Lilia pulsó varios de ellos; Se abrió una entrada, cerca, en el suelo.
-¿Y esto?- dijo Kurt.
-Entra, mejor te explico dentro.
Entraron los dos, y Lilia pulsó una palanca en las escaleras que cerró la entrada. Bajaron y llegaron a una sala redonda con tres puertas y una mesa rodeada por cuatro sillas.
-¿Me puedes explicar ya dónde estamos?- dijo Kurt.
-Es un bunker bastante antiguo, en el que nos pensábamos esconder, sin el código de la puerta es imposible entrar, nunca pensé que un policía entraría aquí.
-Podríamos decir que ya no soy policía.
-Sí, eso es verdad. Te enseñaré esto. Hay tres habitaciones, en esa de ahí esta guardada las provisiones, hay comida y bebida para cuatro personas por un par de semanas…aunque ahora estamos tú y yo, me preocupa mi hermano, seguro que lo cogerán y no hay forma de avisarlo, si no hubierais venido, ¿quién os aviso?
-Según me dijo mi compañero, un vecino, dijo que entraban muchas personas de noche y se iban antes del amanecer.
-¡Muchas personas! Si entraban dos, y justo hoy íbamos a esconder a Sara y a su hermano, pero ya…mejor sobrevivir nosotros, te debo la vida y aquí no entrarán, y si logran entrar, tenemos una salida por esa otra puerta.
-Ya se denuncia solo por miedo, y a cualquier mínimo de sospecha, así va todo, ¿y a dónde lleva la salida?
-A las alcantarillas, en la habitación hay un pozo bastante hondo, y cerca del agua hay un pasillo que acaba llegando a las alcantarillas, será la única forma de salir de aquí.
-Sí, mejor tener una vía de escape. Toma el arma de Albert, quizás te haga falta.
-No te preocupes, tenemos algunas armas y munición que fuimos trayendo, están en la habitación del pozo, tenemos algo de dinamita también.
-Veo que estabais preparados.
-Sí, estábamos dispuestos a morir luchando antes de hacerlo llorando, pero…ellos ya no lo harán.
-Quizás tengamos que hacerlo, no sabemos que nos deparará el futuro, como has dicho, mejor morir luchando que morir llorando.
 -Ya veremos, te sigo enseñando esto. Por esa otra puerta hay cuatro pequeñas habitaciones, con una cama cada una y un cuarto donde podemos asearnos. Eso es todo.
-Bastante bien la verdad, una pregunta, cuando bajé a registrar el sótano, escuché la puerta a las escaleras cerrarse, ¿Hay alguien más aquí?
-No, estábamos bajando algunas cosas cuando llamasteis, subí corriendo, y Sara estaba arriba. Si no se pulsa la palanca, al minuto se cierra, y por si te lo preguntas, las mantas preparadas para dormir. Son para distraer si registraran la casa cuando estuviéramos escondidos.
-Será mejor descansar un rato.
-Sí, cogeré algo de comer y beber.
Lilia fue a la despensa a por algo de agua y lo llevó a la sala redonda para beber en la mesa junto a Kurt.
-Toma, bebe algo…Kurt ¿Verdad?- dijo Lilia.
-Sí, Kurt Werstein. Gracias.
-Yo me llamo Lilia Blume, tengo veinticuatro años y he vivido aquí desde siempre.
-Yo veintisiete y también de Berlín de toda la vida.
Kurt bebió bastante agua mientras miraba a su alrededor, pero Lilia no paraba de mirar a Kurt.
-¿Por qué no paras de mirarme?
-Ahora, después de lo ocurrido, supongo que tendremos que pasar algunos días juntos ¿no?
-Claro, no pienso dejarte sola y prefiero que nadie me vea, quizás ya sepan que fui yo quien mato a Albert y seguro me atribuyen la muerte de Martin también.
-Pues entonces deberíamos conocernos mejor.
-No sé, soy algo tímido, entré en la policía hace algunos años, pero este régimen que ha impuesto Hitler…no me gusta para nada.
-Dímelo a mí, los judíos estamos condenados aquí, tarde o temprano acabarán con todos nosotros, a mis padres ya los mataron, juré que me vengaría…pero no sé si podré, ahora Sara, mi hermano que casi lo puedo dar por muerto…se van acumulando muchas cosas, primero tenemos que sobrevivir.
-Sí, eso haremos, también soy muy insistente y no nos rendiremos, sobreviviremos, escaparemos de aquí y buscaremos la forma en la que te puedas vengar, a mí ya no me queda nada, mi mujer desapareció hace algunos meses y en todo este tiempo sólo he ido cogiendo odio hacia este régimen, en parte pienso que fue culpa suya la desaparición de mi mujer.
-Intentemos no pensar en lo malo ahora, ya habrá tiempo para preocuparse. Ahora que me acuerdo, mi diario ya lo deje antes en la habitación en la que pensé en quedarme ¿Te importa si te dejo solo? Me gustaría escribir lo ocurrido, escribir me encanta y me calma.
-Claro, ve, no me importa, yo me quedaré aquí sentado descansando y pensando.
-Si necesitas algo, cógelo.
Lilia se fue a la pequeña habitación en la que dormiría, a escribir en su diario mientras Kurt se quedó pensando en qué deberían hacer.
-Aquí tampoco podremos estar mucho tiempo, aunque no entren por las escaleras, acabaran viendo la pintura con los números y encontrarán la forma de entrar, deberíamos irnos en cuanto podamos… ¿Pero dónde podríamos ir? A mí me empezaran a buscar en cuanto una patrulla llegue a la casa y vean todo- Pensó Kurt.
A Kurt le empezó a doler un poco la cabeza.
-Uff, ya empiezan estos dolores de cabeza que tengo desde hace algún tiempo, iré a ver si Lilia tiene aquí algo que me calme el dolor.
 Kurt se dirigió a la habitación de Lilia y llamó a la puerta.
-¿Se puede?- dijo Kurt.
-Sí, pasa- dijo Lilia.
-¿Tienes algo para el dolor de cabeza? Me dijiste que cogiera lo que necesitara, pero no sé si tienes.
-Sí, espera que te traiga una pastilla y un poco de agua.
Kurt se sentó en la cama a esperar a Lilia y vio el diario, era de color negro con unas pequeñas líneas doradas.
-A saber la de cosas que habrá vivido, ¿Habrá escrito que piensa de mí? aunque me pique la curiosidad, no puedo leerlo, es algo personal… aunque me gustaría saberlo- Pensó Kurt.
Lilia abrió la puerta de la habitación y entró con un vaso de agua en una mano y una pastilla en la otra.
-Toma, te calmara el dolor de cabeza, será mejor que te eches a descansar en una cama mientras hace efecto.
-Gracias, iré a la habitación de al lado.
Kurt salió de la habitación y fue a la de al lado a descansar, mientras Lilia volvía a coger el diario para escribir en el sus pensamientos.
Lilia abrió el diario negro con pequeñas líneas doradas por la última página escrita para continuarla:
Kurt ha venido a mi habitación a pedirme algo para el dolor de cabeza, le traje una pastilla y un vaso de agua. Se fue a la otra habitación a descansar, espero se encuentre mejor dentro de un rato, me parece que se siente mi protector, lo cierto es que lo ha sido, de no ser por él, ahora estaría muerta, podría haberlo dejado pasar, le hubiera sido más fácil, ahora tendrá que huir, como yo, lo cierto es que me gusta su forma de ser, aunque tendré que conocerlo más, por suerte está decidido a quedarse conmigo.
A Lilia le entró sed y se levantó para ir a por un poco de agua, salió de la habitación y pasó por delante de la puerta de la de Kurt, vio que estaba a medio tapar y entró, cogió la manta y empezó a taparlo, cuando él, le agarro un brazo.
-Perdona, me suelo despertar muy rápido cuando me tocan- dijo Kurt mientras la soltaba.
-No pasa nada, ¿Alguna pesadilla? Pareces un poco alterado- dijo Lilia.
-No, estoy bien.
Lo cierto es que Kurt estaba soñando con la imagen de Sara en el suelo muerta. A Albert disparando a Martin, a él rajando el cuello de Albert, y con la chica del día anterior…no se le quitaba la cabeza.
-Y la cabeza ¿Te duele?- dijo Lilia.
-No, ya estoy mejor.
-Pues voy a por un poco de agua, ¿quieres un poco?
-Sí, gracias, te acompaño.
Salieron los dos de la habitación y fueron a la sala redonda.
-Siéntate, ya traigo yo el agua- dijo Lilia.
Lilia fue a por una jarra de agua y volvió, le sirvió a Kurt un vaso y se llenó otro para ella.
-Gracias, he estado pensando que aquí no podremos estar mucho tiempo, quizás sea mejor irnos en cuanto podamos- dijo Kurt.
-Sí, si piensas que es lo mejor, eso haremos, ¿Esperamos a mañana, u hoy?
-Pues me gustaría entrar en la casa de nuevo y ver si ya recogieron los cadáveres.
-Pero ¿Y si hay alguien?, te podrían detener o matar.
-Tranquila, iré con la pistola y tengo muy buena puntería.
-Vale, ¿Quieres algún arma de las guardadas en la sala del pozo?
-No, tengo mi pistola y la de Albert.
Kurt terminó de beberse el agua, se levantó, sacó la pistola y empezó a subir las escaleras hacia el sótano de la casa.
-Yo te abro y espero en las escaleras junto a la palanca, si se cierra la puerta, la volveré a abrir- dijo Lilia.
Los dos subieron las escaleras y Lilia tiró de la palanca mientras Kurt apuntaba a la entrada del sótano con la pistola y la linterna. La puerta se abrió y a plena vista todo seguía igual que antes. Kurt entró en el sótano y dijo a Lilia:
-Si en algún momento ves a alguien que no sea yo, cierra rápido y huye.
-No creo que pueda huir, no dejándote ahí, sin saber si estas vivo o muerto.
-Tranquila que volveré- dijo Kurt sonriendo a Lilia.
Kurt iba sigilosamente hacia la escalera que sube a la casa, apuntando con la pistola y algo nervioso, llegó a la escalera, miró hacia arriba y al no ver a nadie comenzó a subir, mientras subía empezó a escuchar unas voces y se quedó quieto escuchando.
Eran dos policías los que hablaban arriba.
-¿Que habrá pasado aquí? Albert está ahí con un corte en el cuello y Martin arriba con un disparo y…ya sabes, mientras que Kurt está desaparecido, seguro que ese cabrón tiene algo que ver.
-No sé, sea como sea tenemos que encontrar a Kurt, él nos podrá aclarar muchas cosas.
Otros dos policías bajaron con el cuerpo de Martin.
-Ya está todo listo arriba, podemos marcharnos- dijo uno de los policías.
Todos los policías salieron y Kurt escuchó como cerraban la puerta, subió arriba con cuidado por si quedaba alguno y se asomó por la puerta que daba a la escalera para comprobar que no hubiera alguien.
-Qué casualidad haber salido en este momento…lo que está claro es que no me pueden ver, bajaré al sótano a decirle a Lilia que ya se han ido los policías y que debemos prepararnos para salir- pensó Kurt.
Kurt bajo al sótano y al apuntar con la linterna hacia la entrada del bunker, vio a Lilia esperando, él sonrió y dijo:
-Te dije que volvería.
 Ella al verlo también soltó una sonrisa. Y dijo:
-Me alegro que no pasara nada.
-Bueno, se acaban de marchar con los cuerpos. Dijiste que el pozo lleva a un pasillo que va al alcantarillado ¿Verdad?
-Sí, ¿saldremos por ahí?
-Sí, vamos a preparar algo de comida, bebida y demás cosas que necesitemos, en cuanto estemos preparados, nos iremos. Lo mejor es salir de Berlín, ya pensaré hacia donde nos marcharemos.
-Vale, guardaré algo de futa y queso en una bolsa de tela que tengo ahí.
-Yo cogeré algunas armas, los cartuchos de dinamita y munición.
Lilia fue a la sala donde guardaban la comida para recoger todo, metió varias piezas de fruta, algo de queso y un poco de pan en la bolsa de tela, se la colgó al hombro y fue a su habitación a recoger su diario.
Mientras, Kurt, estaba en la sala del pozo con las armas, decidió dejar su pistola y la de Albert allí y coger dos nuevas Luger con suficiente munición; también cogió una pistola PKK para Lilia, los cartuchos de dinamita y un fusil Karabiner 98 Kurz que se colgó al hombro, ya armado volvió a la sala redonda.
Lilia en su habitación decidió ponerse una ropa de color negra y pensó en que Kurt también debería cambiar de ropa y fue a otra de las habitaciones a por algo de ropa que era de su hermano y fue a la sala redonda a reunirse con Kurt.
-He pensado que mejor ponernos ropas más oscuras, tú no puedes ir por ahí vestido de policía si queremos pasar desapercibidos.
-Buena idea, gracias por la ropa, me iré a cambiar, también necesitaremos algo más de ropa, para el día.
-Vale, cogeré algo más.
Mientras Kurt se cambiaba de ropa, Lilia fue a coger algo más de ropa para el día.
- Pues creo que ya está, volveré a ver a Kurt- pensó Lilia.
Volvió a la sala redonda y vio a Kurt con la ropa de su hermano y dijo:
-Te queda muy bien y mejor que vestido de policía estás- dijo Lilia mientras reía ligeramente.
-Sí, bueno, es hora de irse, por cierto, ¿tienes algunas cerillas?
-Sí, creo que ahí- dijo Lilia señalando a la sala donde guarda la comida.
-Nos podrían venir bien, si necesitamos hacer fuego.
-¿Dónde has pensado que deberíamos ir?
-Pues la verdad, no sé ¿Tienes familia fuera de Berlín que nos pudieran dar refugio?
-Sí, mi tía Martha, vive en un pueblo al sur, Kiefernhausen, es un pueblo tranquilo, sin mucho movimiento.
-Bien, iremos, o mejor dicho, intentaremos ir, no sabemos lo que nos encontraremos.
-¡Que pesimista eres! Debemos pensar que todo irá bien.
Con todo metido en bolsas, fueron a la sala del pozo para bajar a las alcantarillas y empezar la huida hacia Kiefernhausen.